29 de junio de 2008

BARACK OBAMA Y LOS CHICAGO BOYS, por Naomi Klein


En mayo, cuando el presidente de la Universidad de Chicago, Robert Zimmer, anunció la creación de un centro de investigación económica dedicado a continuar y aumentar el legado de Milton Friedman, más de 100 miembros de la facultad firmaron una carta de protesta.

Barack Obama tardó apenas tres días desde que Hillary Clinton se retiró de la competencia en declarar a la CNBC: "Verá: soy un tipo procrecimiento, promercado. Amo al mercado". Demostrando que no es una mera aventura de primavera, designó a Jason Furman, de 37 años de edad, a la cabeza de su equipo de política económica. Furman es uno de los más prominentes defensores de Wal-Mart, ungiendo a la compañía como "una historia de éxito progresista". En el transcurso de la campaña, Obama atacó a Clinton por ser parte del directorio de Wal-Mart y prometió "no compraré allí". Para Furman, sin embargo, la real amenaza son los críticos de la gigantesca compañía: "Los esfuerzos por hacer que Wal-Mart eleve sus salarios y beneficios" están generando "daño colateral" que "resulta demasiado enorme y dañino para la gente trabajadora y la economía en general, para que yo me siente indolentemente y cante ‘Kum-Ba-Ya’ por el interés de la armonía progresista".

El amor de Obama por los mercados y su deseo de cambio no son inherentemente incompatibles. "El mercado se ha desequilibrado", dice, y ciertamente que lo ha hecho. Muchos remontan este profundo desequilibrio a las ideas de Milton Friedman, que lanzó una contrarrevolución contra el New Deal (Nuevo Trato de Franklin Delano Roosevelt) desde su cátedra del Departamento de Economía de la Universidad de Chicago. Y en esto hay más problemas, porque Obama que enseñó derecho en la Universidad de Chicago durante una década está plenamente inmerso en la forma de pensar conocida como Escuela de Chicago. Eligió como su principal asesor económico a Austan Goolsbee, un economista de Chicago del sector más izquierdista de un espectro que llega al centro derecha. Goolsbee, a diferencia de sus colegas friedmanianos, ve a la desigualdad como un problema. Su solución fundamental, sin embargo, es más educación, una línea que también puede encontrarse en Alan Greenspan. En la ciudad de ambos, Goolsbee se ha esmerado en vincular a Obama con la Escuela de Chicago. "Si se mira a su plataforma, a sus asesores, a su temperamento, el tipo tiene un saludable respeto por los mercados", dijo a la revista "Chicago". "Está en el ethos (de la universidad), lo que es diferente a decir que está por el laissez-faire".

Otro fan de Obama de Chicago es el multimillonario de 39 años de edad Kenneth Griffin, CEO del fondo de inversiones de riesgo Citadel Investment Group. Griffin, que dio la máxima donación permitida a Obama, es una especie de niño símbolo de una economía desbalanceada. Se casó en Versalles, ofreció la fiesta posterior en el lugar de vacaciones de María Antonieta, con la actuación del Cirque du Soleil, y es uno de los más tenaces opositores a terminar con las ventajas tributarias de los fondos de riesgo. Mientras Obama habla de endurecer las reglas comerciales con China, Griffin ha estado echando abajo las pocas barreras que existen. A pesar de sanciones que prohíben la venta de equipamiento policial a China, Citadel ha entregado dinero a controvertidas empresas de seguridad basadas en China, que están poniendo a la población local bajo niveles de vigilancia sin precedentes.

Es el momento para inquietarse por los Chicago Boys de Obama y su empeño en desbaratar los intentos serios de regulación. Fue en los dos meses y medio que mediaron entre que ganó la elección de 1992 y juró el cargo cuando Bill Clinton viró en u respecto a la economía. Había hecho campaña prometiendo revisar el Nafta, agregándole cláusulas laborales y medioambientales e inversiones en programas sociales. Pero dos semanas antes de su toma de posesión, se reunió con el entonces jefe de Goldman Sachs, Robert Rubin, quien lo convenció de optar por la austeridad y más liberalización. Rubin dijo a PBS que Clinton tomó la decisión antes de pisar la Oficina Oval, durante la transición, respecto de lo que era un cambio dramático en la política económica. Furman, discípulo de Rubin, fue elegido para encabezar el Proyecto Hamilton de la Brookings Institution, el think tank al que Rubin ayudó a encontrar argumentos a favor de reformar, y no abandonar, la agenda del libre comercio. Agréguese a eso la reunión de febrero de Golsbee con funcionarios del consulado canadiense que salieron de ella con la clara impresión de que se les había aconsejado no tomar en serio la campaña anti Nafta de Obama, y existen todas las razones para preocuparse por una repetición de 1993.

La ironía está en que no existe absolutamente razón alguna para este retroceso. El movimiento lanzado por Friedman, incorporado por Ronald Reagan y fortalecido bajo Clinton enfrenta una profunda crisis de legitimidad en todo el mundo. En ninguna parte es esto más evidente que en la misma Universidad de Chicago. En mayo, cuando el presidente de la universidad, Robert Zimmer, anunció la creación de un Instituto Milton Friedman con 200 millones de dólares, un centro de investigación económica dedicado a continuar y aumentar el legado de Friedman, estalló una controversia. Más de 100 miembros de la facultad firmaron una carta de protesta. "Los efectos del orden global neoliberal que se ha instalado en las décadas recientes, fuertemente sustentado por la Escuela de Economía de Chicago, no han sido para nada inequívocamente positivos", declara la carta. "Muchos podrían sostener que han sido negativos para gran parte de la población mundial". Cuando Friedman murió, en 2006, críticos tan categóricos de su legado estaban ampliamente ausentes. Los memoriales de adoración hablaron sólo de grandes logros, con una de las apreciaciones más prominentes, publicada en "The New York Times", escrita por Austan Goolsbee. Pero ahora, apenas dos años más tarde, el nombre de Friedman es visto como un inconveniente hasta en su propia alma máter. ¿Por qué entonces eligió Obama este momento, cuando todas las ilusiones de un consenso se han desvanecido, para ponerse retro Chicago? La noticia no es del todo mala. Furman afirma que contará con la experiencia de dos economistas keynesianos: Jared Bernstein, del Economic Policy Institute, y James Galbraith, hijo del némesis de Friedman, John Kenneth Galbraith. Nuestra "actual crisis económica", dijo Obama recientemente, no viene de la nada. Es "la conclusión lógica de una filosofía agotada y mal orientada que ha dominado Washington por demasiado tiempo".

Muy cierto. Pero antes de que Obama pueda purgar a Washington de los residuos del friedmanismo, tiene que hacer cierta limpieza ideológica en su propia casa.

The New York Times Syndicate/La Nación Domingo.

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