27 de julio de 2008

CRISIS Y DILEMAS DE LA CONCERTACION EN CHILE



La derecha nunca ha ganado una elección y la amenaza de una derrota en las presidenciales proviene de un candidato-sujeto y no de la derecha en sí. Si algo le permite a la Concertación respirar y esperanzarse con salir del atolladero, es que su proceso de declinación y desintegración no tiene como contraparte un claro ascenso de la derecha en su ascendiente sobre la ciudadanía.

Por Antonio Cortés Terzi* / La Nación Domingo

La Concertación ha pasado de un natural y comprensible proceso de declinación a un proceso de desintegración y descomposición. Reconózcase o no, la conciencia o percepción de la apertura de este último proceso es el sustrato y la atmósfera entre la que se desenvuelve la política de la Concertación; configura el contorno y el contexto dentro del cual sus diversos actores piensan, deciden y actúan.

En otras palabras, es la influencia de ese proceso la que define los marcos y grados de introversión que luce la política que desarrollan las fuerzas y centros de poder concertacionistas. Estos centros de poder están afanados en ofrecer o buscar alternativas presidenciales como recursos apropiados y casi únicos para frenar y revertir la desintegración y descomposición.

De ahí que la inmensa mayoría de las acciones de la Concertación estén virtualmente subsumidas por un diseño político electoralizado y presidencializado.

Se simpatice o no con esos afanes y diseños estratégicos, lo cierto es que tienen racionalidad política. El estado actual de la Concertación indica que de los pocos ejes centrípetos y funcionales que pudiera hallar para enfrentar el momento crítico, los más a la mano y eficientes son las competencias electorales y el levantamiento de un liderazgo presidenciable fuerte.

La derecha nunca le ha ganado una elección y la amenaza de una derrota en las presidenciales proviene de un candidato-sujeto y no de la derecha en sí. En efecto, si algo le permite a la Concertación respirar y esperanzarse con salir del atolladero, es que su proceso de declinación y desintegración no tiene como contraparte un claro ascenso de la derecha en su ascendiente sobre la ciudadanía.

Ahora bien, aunque esos esbozos estratégicos tengan racionalidad política, ello no implica que apunten a la construcción de la estrategia más adecuada. Las lógicas que entrañan ni siquiera aseguran la viabilidad de su materialización.

En efecto, son lógicas que parten de una contradicción intrínseca. Un tal diseño sigue una línea asimilable a lo que la Concertación posee de burocrático y conservador. En otras palabras, la oferta que se planea es la misma Concertación de siempre: las mismas figuras, la misma discursividad esencial, la misma ritualidad programática, etcétera.

Pero el drama radica, precisamente, en que es la Concertación de siempre la que está en proceso de descomposición y desintegración. Es cierto que lo que mejor ha resistido a ese proceso es el conservadurismo y la burocracia concertacionista. Sin embargo, no hay ninguna seguridad que ese foco sea suficiente para detener las desafecciones, ni tampoco que sea capaz de seguir evitando las tendencias hacia la desintegración.

Nada garantiza que las burocracias y los conservadurismos pervivan unidos hasta la hora de la verdad para ese diseño: la competencia por el presidenciable.

El problema mayor, no obstante, y que está detrás de todas o casi todas las dificultades de la Concertación, se encuentra en una profunda crisis de hegemonía "político-cultural" interna. Por eso es que no existe, como otrora, un liderazgo natural, y por eso también es que se visualiza la probabilidad de que no haya candidato único, ergo, tampoco el liderazgo fuerte que este esbozo estratégico sugiere.

En otras palabras, es altamente improbable que se arribe a un candidato único y sólidamente representativo de la Concertación, simplemente, porque no hay un ethos, una hegemonía político-cultural que unifique las "almas" concertacionistas.

Aunque para muchos resulte imposible aceptarlo, la verdad es que hasta ahora, o hasta hace muy poco, la hegemonía político-cultural en los gobiernos de la Concertación fue ejercida por pensamientos y políticas derivadas de vertientes demo-liberales transversalmente instaladas en los partidos y en los círculos presidenciales. Siendo minoritarias, se impusieron merced a la transición y al buen funcionamiento de la economía nacional.

Normalizado el país y normalizada la Concertación, esa hegemonía ha venido perdiendo legitimidad y representatividad ante la revitalización del espíritu centro-izquierdista mayoritario en los universos concertacionistas. Pero, pese a su debilitamiento, no se ha producido un traslape hegemónico, sino un vacío o una ausencia de hegemonía. El actual gobierno ha sido en parte responsable y en parte víctima de esa carencia.

¿Por qué no se ha plasmado el desplazamiento de hegemonía hacia el espíritu centroizquierdista? Primero, porque, en lo real-concreto, las dinámicas gubernamentales están, en gran medida, funcional e institucionalmente entrampadas por lindes e inercias demo-liberales. Y, segundo, porque el centro-izquierdismo, aparte de su espíritu, no tiene mucho más.

En definitiva, superar el proceso de desintegración y descomposición que afecta a la Concertación pasa por la reconstrucción de una hegemonía interna. Ello significaría pensar en esfuerzos y tareas que van más allá de las presidenciales, y que abarcan más que las estrategias político-electorales y comunicacionales.

La cuestión del presidenciable y de las presidenciales de 2009 debería estar inmersa y dependiente de los esfuerzos reconstructivos de una hegemonía que reinstale a la Concertación en la senda de desarrollarse como un "bloque histórico" de centroizquierda.


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