3 de abril de 2008

SOBRE DESARROLLO REGIONAL, por E. Aquevedo

EXTRAVERSIÓN, FLEXIBILIDAD Y DESREGULACIÓN: UN “TRIÁNGULO FATAL”

(EL caso de la Región del BioBio)[1]

Abstracts

La finalidad de este artículo es examinar algunos de los factores que a nuestro entender permiten comprender tanto la amplitud como la profundidad de la crisis que afecta a la región del Biobio desde comienzos de 1998, que la sitúan entre las situaciones recesivas de mayor gravedad registrada por las regiones del país durante el último periodo. La idea central que se avanza en las líneas siguientes es que dicha crisis no podría explicarse sólo a partir de datos o antecedentes puramente coyunturales, sino considerando elementos estructurales que definen su trayectoria en el mediano o largo plazo.


I.- LA CRISIS DE LA REGION DEL BIO-BIO.

Las graves limitaciones del modelo de desarrollo imperante en la región del Bio-Bio (y en el país) quedaron en evidencia como nunca en el curso de los años 1998-1999, cuando la economía nacional entró en un nuevo ciclo recesivo. La contracción de la actividad económica nacional se dejó sentir, en efecto, en esta región con mayor fuerza que en la mayoría de las regiones del país[2]. Según los datos entregados por el Departamento de Economía de la Universidad de Concepción[3], la tasa de crecimiento registrada por la región del BioBio fue en efecto negativa durante 1998 (-3,9%), muy lejos por debajo del promedio nacional (3,4%) en el mismo periodo. Esta situación no sólo es grave por la magnitud de la caída del nivel de actividad económica, sino también, como lo subraya dicho Departamento de Economía, por el hecho de haber iniciado una etapa recesiva con anterioridad a la mayoría de las regiones del país.

Esta importante caída de la tasa de crecimiento regional ha tenido un impacto severo en particular sobre los niveles de desempleo, subempleo y pobreza. Según datos más bien optimistas del INE, el desempleo global de la región se sitúa aproximadamente en un 8% hacia fines de 1998. Sin embargo, desde mediados de 1998 en comunas como Lota se constata un 17,6% de cesantía; en Coronel un 17,1%; en la provincia de Concepción sobre el 9%; y, en fin, en la provincia de Arauco más del 10%. Sobre la situación del subempleo o empleo precario en la región no existen aún datos fiables, pero lo más lógico y seguro es que ella haya tenido una nueva agravación durante el último año, con perspectivas aún más sombrías para 1999. La onda recesiva que afecta a la región del Biobio no hace pues sino agravar considerablemente los problemas sociales que ella sufre desde hace ya muchos años, y particularmente desde la instauración del modelo de desarrollo dominante a nivel regional.

La pregunta que cabe formular es por qué la crisis afecta de manera tan marcada a la octava región, y de modo bastante más tenue a otras regiones que, grosso modo, se enmarcan dentro de los mismos parámetros socio-económicos. Nuestra hipótesis es que tal situación se explica por varios factores convergentes, que determinan al mismo tiempo la especificidad regional: a) el que la reestructuración productiva vivida por la región del Biobio durante las últimas dos décadas fragmentó y desarticuló profundamente el tejido socio-económico regional; b) el que la estructura y niveles de la acumulación de capital en la región inducen un débil crecimiento del producto y una precaria competitividad, lo que se traduce en una fuerte vulnerabilidad del sistema productivo regional[4]; c) el rol hegemónico ejercido por la gran empresa transnacional en el sistema productivo regional, hecho que limita tanto la endogeneidad como la sustentabilidad del crecimiento económico; d) la profunda reestructuación sufrida por el mercado de trabajo en la región, mediante intensos y paralelos procesos de flexibilización y precarización, lo que se expresa principalmente en altos y recurrentes índices de pobreza y precariedad social; y e) la débil regulación pública e institucional del proceso socio-económico regional, dejándose en la práctica libre el camino para que operen casi sin limitaciones las “fuerzas del mercado” y en particular la gran empresa. A nuestro entender, es este conjunto de factores interdependientes el que marca la diferencia con otras regiones del país que evidencian resultados económicos y sociales más satisfactorios.

Tales factores determinan y explican, en efecto, a nuestro juicio, el que la recesión que sufre el país en este periodo impacte a la octava región de manera más aguda que a la gran mayoría de las otras regiones.

II.- MODELO DE DESARROLLO Y FRAGMENTACION PRODUCTIVA

La región del BioBío posee desde el siglo pasado características y potencialidades económicas que la han situado tradicionalmente como un polo de desarrollo alternativo frente a la región Metropolitana (PNUD, 1996). Una de ellas es su fuerte base industrial. En efecto, desde la crisis del 29 y como consecuencia del modelo substitutivo que se impone e implementa en las décadas siguientes, se comenzaron a adoptar -- en algunas de las provincias que formarían ulteriormente la actual VIII Región -- medidas sistemáticas que permiten la configuración de una estructura productiva regional basada en un poderoso sector industrial, conformado en particular por segmentos como el siderúrgico, petroquímico, textil, celulosa y papel, calzado y otros[5]. Hasta mediados de los años 70, el conjunto de la economía regional, incluidos los sectores primarios (minería y agricultura), fue claramente liderada y articulada por dicho sector industrial. Por lo demás, éste mostró hasta ese entonces un nivel de dinamismo y crecimiento que lo situaba en general por sobre la media nacional, con efectos indiscutiblemente favorables sobre el empleo (M.E. Moraga, J. Rodríguez, 1989; S. Boisier, V. Silva, 1990).

1] Procesos de reestructuración y racionalización

La instauración en el país de una nueva modalidad de desarrollo a partir de 1973, inspirada en las concepciones neoliberales en boga, se tradujo rápidamente en intensos procesos de reestructuración/ desestructuración y de racionalización, que afectaron profundamente no sólo al sector industrial sino al conjunto del sistema productivo de la región. En lo que se refiere a los procesos de reestructuración y racionalización, señalemos por lo menos tres de sus principales resultados:

a) La acelerada declinación e, incluso, destrucción, de determinados segmentos tradicionales de dicho sistema productivo regional (tanto en el área manufacturera como en la agricultura y en la minería), con una concomitante pérdida de liderazgo y capacidad articuladora del sector industrial. Este último fenómeno se explica fundamentalmente por el hecho de que los mencionados procesos de reestructuración y racionalización no se tradujeron, en el ámbito industrial, en reales procesos de modernización[6] (ni en plano tecnológico ni en el de las relaciones industriales o laborales), con las pérdidas consiguientes de productividad y competitividad sectorial;

b) La constitución de un importante segmento exportador de tipo primario o neoprimario, basado en la gran empresa transnacional y centrado en los recursos forestal y pesquero. Este sector, transformado en el más dinámico de la región, tiende asumir la dirección o hegemonía dentro del sistema productivo regional. Una evidencia de ello es que las exportaciones regionales han crecido desde US$ 411 millones en 1983 a US$2.592 millones en 1995, pasando del 10,7 al 15,8% de las exportaciones nacionales[7]; y

c) La profunda transformación del mercado de trabajo, en que se combinan estructuralmente altas tasas de desempleo abierto, con tasas igualmente altas de subempleo o empleo precario. Tales resultados del proceso reestructurador parecen ser, al mismo tiempo, algunos de los rasgos más decisivos del nuevo modelo de desarrollo impuesto en la región del Biobío durante las últimas dos décadas.

Es preciso indicar, sin embargo, que, no obstante dichos procesos de reestructuración y la evidente pérdida de liderazgo del sector industrial como tal (y particularmente de sus componentes más vinculados al mercado interno), dicho sector continúa siendo el elemento predominante desde el punto de vista de la generación del producto regional. Su configuración sigue siendo amplia y, en todo caso, mucho más heterogénea que en el pasado, abarcando desde las industrias básicas de hierro y acero, productos metálicos, refinería de petróleo, productos químicos, alimentos, calzado y textiles, hasta las más recientes de celulosa y papel y madera elaborada. En 1990, el sector industrial contribuía con un 37,2 % del producto regional, y en 1995 él aporta aún un 36,2%. Esto ratifica el hecho de que se trata de la Región con el más alto coeficiente de industrialización del país. Al mismo tiempo, su aporte al producto industrial del país ha oscilado entre el 22,1% (1985) y un 19,5 % (1990). Algunos rubros industriales (textiles, vidrio y loza), por otro lado, sufrieron con bastante intensidad los mencionados procesos de reestructuración de los últimos años y sólo recientemente han comenzado a experimentar una relativa recuperación, mediante una lenta adecuación de sus procesos tecnológicos. Por todo ello, no resulta aventurado sostener aún, pese a todo, la vocación industrial de la Región del BioBío.

2] Una nueva “arquitectura” productiva (fragmentada y polarizada)

Pero los mencionados procesos reestructuradores promovidos por la nueva estrategia de desarrollo no sólo modificaron el paisaje productivo de la región[8], sino que también lo desestructuraron y fragmentaron profundamente. Es decir, el rol articulador e integrador de dicho sistema productivo que, aunque con serios límites, en su momento desempeñó el sector industrial, hoy no es asumido por ningún sector. Los nuevos segmentos dinámicos no sólo no muestran intenciones de desempeñar aquella función, sino que con toda seguridad carecen de capacidad y vocación para hacerlo.

Esta situación de fragmentación y desarticulación productiva, definida por algunos como resultado de una vía de reestructuración de tipo neotaylorista[9], se manifiesta desde hace ya un largo periodo a través de rasgos básicos tales como: a) débiles eslabonamientos inter-empresas, incluso dentro de un mismo sector; b) búsqueda de altos grados de especialización productiva, en desmedro de niveles más razonables de diversificación e integración intersectorial; c) fuertes polarizaciones socio-económicas (de tipo centro-periferia) dentro del espacio productivo regional; d) marcada tendencia a deslocalizar plantas hacia áreas territoriales con bajos salarios y débiles riesgos de conflicto social; e) modalidad periférica de inserción tanto dentro del sistema productivo nacional (al evidenciar incapacidad para retener cuotas significativas del excedente producido localmente) como en los mercados internacionales (al basarse esencialmente en bienes primarios); f) fuerte y creciente recurso a la subcontratación por parte de las grandes empresas, con la finalidad de externalizar costos y riesgos; y g) masivo desarrollo de la flexibilización/precarización del mercado de trabajo; etc.

Ahora bien, dados los antecedentes y procesos indicados, resulta difícil no concluir que tal situación de desarticulación y fragmentación aparece como el producto concreto de la implementación del modelo de desarrollo aludido, y, al mismo tiempo, como una consecuencia lógica e inmediata del decisivo protagonismo de la gran empresa transnacional en la economía regional y de la simétrica ausencia de protagonismo del sector público en favor de una modalidad de desarrollo más integrado y sustentable[10].

De ahí que no sea en absoluto sorprendente que, en consecuencia, ésta haya sido una de las regiones de más bajo desempeño socioeconómico en el país durante los últimos 20 años. Sus resultados son en efecto francamente deficientes en muchos aspectos: bajas tasas de crecimiento; mediocres niveles de competitividad a escala nacional; escasa o negativa contribución de la gran empresa transnacional al desarrollo regional; altos niveles de desempleo, pobreza e indigencia; alto nivel de concentración de los ingresos; en fin, bajos índices de “desarrollo humano”.

III.- ACUMULACION, CRECIMIENTO Y COMPETITIVIDAD:

UNA SITUACION MEDIOCRE


Es un hecho que, más allá de ciertos dinamismos sectoriales, las tasas de acumulación y de crecimiento de la economía regional son notoriamente mediocres (Cf. Serplac/BioBío, 1995; Banco Central, 1998). Mientras que entre 1989 y 1996 el país creció a una tasa promedio anual de 8,2 %, la Región sólo lo hizo a un 4,3 % (Cf. Banco Central, 1998). Esta tendencia de la economía regional a crecer persistentemente por debajo del promedio nacional se traduce en que el aporte de la región al PIB nacional tiende a reducirse de manera lenta pero constante (11,8 % en 1960; 11,68 en 1985; 9,2 en 1990; 8,2 en 1993; 7,4 en 1996). Se trata pues de una evolución bastante diferente a la que han mostrado otras regiones del país, que en este mismo periodo han registrado tasas de crecimiento promedio de 8,5% (I Región), 9,3% (II Región), 13,2% (III Región), 8,4% (R. Metropolitana), o 7,5% (VII Región).

La situación económica de la VIII Región se caracteriza en efecto por un lento pero creciente deterioro, lo que, en un contexto internacional con fuertes rasgos recesivos como el actual, tiende a agravarse rapidamente y a asumir las características de una aguda recesión a partir del primer semestre de 1998. Dicha realidad está en la base de los magros resultados sociales evidenciados por la región desde, a lo menos, la crisis del 82 en adelante, traducidos particularmente en altas tasas de desempleo y de pobreza, y en reducidos y muy desiguales niveles de ingreso. Estos resultados sociales, que como es sabido sitúan a esta región entre las dos más pobres del país, seguramente sufrirán un nuevo deterioro como resultado de la crisis en curso.

¿Cómo explicar las bajas tasas de crecimiento sino en virtud, esencialmente, de las modalidades específicas asumidas por el proceso de inversión tanto pública como privada (extranjera y nacional) en la región? Un estudio reciente de R. Saldías (1997) indica, en efecto, en primer lugar, que entre 1990 y 1995, la inversión extranjera acumulada materializada en la octava región representa sólo un 1,9% del total invertido en las diferentes regiones, lo que contrasta con los porcentajes de participación de la primera región (11,4%), segunda (25,3%), tercera (10%), cuarta (2,7%) y séptima (2%). La región metropolitana concentra obviamente el porcentaje mayor (29,2%).

Los niveles de inversión pública, por otro lado, son también débiles. Ello se verifica en particular al observar la inversión pública efectiva sectorial y la total per capita (Cf. Mideplan, 1997), en que aparte de los magros montos absolutos se observa una relación claramente negativa con la situación, por ejemplo, de la V Región, entre otras. En lo que se refiere a la inversión privada[11], en fin, los montos conocidos para el periodo 1990-1996 parecen importantes en términos absolutos (3571 millones de dólares), pero se carece de información para definir tasas de variación anuales y, sobre todo, para establecer comparaciones significativas con las demás regiones del país. Lo que sin embargo puede sostenerse es que la inversión privada realizada en la octava región se ha concentrado excesivamente en sectores económicos (forestal y energía, principalmente) y geográficos muy específicos, con lo que se ha afianzado la fuerte heterogeneidad productiva de la región, sin que ello se traduzca correlativamente en tasas satisfactorias de crecimiento de las propias áreas concernidas[12].

Un análisis de los diferentes sectores productivos permite constatar que, con la sola excepción del rubro servicios financieros, el crecimiento de la economía regional se ubica en todos los planos muy por debajo del promedio nacional, especialmente en lo que se refiere a los sectores transables (agropecuario-silvícola, pesca, minería e industria manufacturera). Los datos entregados recientemente por el Banco Central (1998) destruyen por otro lado el mito del “extraordinario dinamismo” del sector pesquero y forestal regional, constatándose que sus niveles de crecimiento son en definitiva mediocres si se les compara con la mencionada media nacional.

Estos hechos, junto a algunas otras variables (ingreso regional, producto regional, exportaciones industriales y exportaciones no industriales, perspectivas de desarrollo), configuran, como lo destaca el PNUD (1996), un “resultado económico” extremadamente negativo para la octava región. De acuerdo a ello, ésta se sitúa en efecto entre las más precarias del país (penúltima), con deficiencias particularmente notables en materia de ingreso per cápita, crecimiento del producto e inversión pública y extranjera (Cf. PNUD, 1996, pág. 180).

Por otro lado, dicho elemento esencial (el resultado económico), asociado a otros factores como empresas, personas, instituciones, infraestructura, ciencia y tecnología, y recursos naturales, ha permitido a dicho organismo internacional constituir, como es sabido, un índice de competitividad para el conjunto de las regiones del país. Según este índice, la Región del BioBío se ubica en un modesto quinto lugar entre las 13 regiones chilenas. De todos esos factores, sólo en materia de “comportamiento empresarial” y de “Ciencia y Tecnología” la octava región obtiene buenos resultados (aún con las reservas que esta calificación nos pueda merecer). Los peores los obtiene, además del indicado resultado económico, en “recursos humanos” e “instituciones” (presupuesto municipal, gasto público, autonomía de la región, etc.)[13]. Acotemos que estos datos avanzados por el PNUD en su Informe de 1996 han sido ampliamente confirmados recientemente por MIDEPLAN y el Banco Central (1998).

IV.- DESEMPLEO, POBREZA Y PRECARIEDAD SOCIAL

Las precariedades del proceso de acumulación y de crecimiento de la región antes indicados, junto a otros fenómenos conexos (transferencias de excedentes hacia centros externos y heterogeneidades estructurales, en particular, a los que nos referiremos luego), se traducen inevitablemente en tasas elevadas de desempleo, en un mercado laboral flexible, segmentado y precarizado, en altas tasas de pobreza e indigencia y en fuertes desigualdades en materia de ingresos. Estos últimos rasgos constituyen algunas de las condiciones y características básicasneotaylorista del proceso de reestructuración productiva registrado en la octava región. Examinemos brevemente algunos de los más directamente relacionados con el mercado de trabajo. del ya mencionado carácter

El alto desempleo es una realidad permanente en la región del Biobío en los últimos 20 años. Durante 10 años consecutivos, entre 1976 y 1985, el desempleo real promedio anual en la región fue superior al 20% de la fuerza de trabajo. En años más críticos (es decir, entre 1976 y 1983) superó el 25% y hasta 30% (F. Antinao, 1992, 1997). En la segunda parte de los años 80 y en la década de los 90 la situación del empleo mejoró significativamente. Las tasas de desocupación se redujeron substancialmente, hasta alcanzar niveles equivalentes al promedio nacional. En 1990 el desempleo en la región había descendido a 5,3%, y hacia fines de 1992 era aún de un 5,5%.


Sin embargo, a partir de 1993 la situación se deteriora de nuevo, superando el 7% y hasta el 8% en 1993, 1994 y 1995. El desempleo fue particularmente alto en el segundo semestre de 1993 y primer semestre de 1994. Disminuyó a poco menos del 7% en 1995, para registrar un 7,4% a fines de 1996 y, en fin, un 6,9% en 1997 y un 7,6% en 1998. Como lo muestra el Gráfico que precede, desde 1993 el desempleo de la región fue notoria y persistentemente más alto que el promedio del país.

Demás está recordar que se está hablando de promedios regionales, y que en consecuencia hay numerosas comunas (precisamente, muchas de las más pobres) que registran tasas sistemáticamente más elevadas que dicho promedio. Por ejemplo, en 1992, cuando la coyuntura económica nacional mostraba los índices más altos de la década (el crecimiento del PIB registra ese año, en efecto, un 11%) y, de manera concomitante, la tasa de desempleo nacional era de sólo un 4,4%, encontramos en la VIII Región 18 comunas con tasas de desempleo superiores al 7%, y 12 comunas con tasas superiores al 10%. Entre estas últimas destacan Tomé (14,9%), Bulnes (15,5%), Antuco (17,5%), Coronel (17,6%), San Rosendo (20,5%) y Lota (23,1%). En los años 1996 y 1997, y particularmente desde comienzos de 1998 en las provincias de Arauco y Concepción en particular se registran numerosas comunas con tasas superiores al 10%.

Junto con dichas “crónicas” altas tasas de desempleo, se desarrollan con fuerza en la región desde los años 80 intensos procesos de precarización de la fuerza de trabajo. Como ya se ha subrayado en diversos trabajos, uno de los ejes centrales del nuevo modelo de desarrollo instaurado en el país, así como igualmente de las políticas económicas dominantes a escala internacional, es la desregulación y la flexibilización de los mercados laborales. Este fenómeno, que se ha manifestado principalmente en la generalización del trabajo temporal, de la sub-contratación, del trabajo domiciliario, del trabajo a plazo fijo y del trabajo femenino, constituye en efecto una realidad ampliamente afianzada en la VIII Región.

Este proceso de desregulación/flexibilización tiende a conformar un amplio sector de ocupados pobres en prácticamente todas las comunas de la región, situados en empleos precarios, mal remunerados y con bajísimos niveles de protección, los que en una muy fuerte proporción se ubican por debajo de la línea de pobreza. Según datos de 1992, este sector, que vive con menos de 2 Salarios Mínimos Líquidos Mensuales (correspondientes cada uno a un valor de $30.880 del mismo año), representa un 45,5% del total de la fuerza de trabajo ocupada a nivel nacional (Cf. R. Agacino, 1995), y probablemente un porcentaje superior en la Región del BioBío ese mismo año. Este amplio contingente de “ocupados pobres” está constituido desde luego por buena parte de los trabajadores de los llamados “nuevos polos dinámicos” de la estructura productiva regional, esto es, los sectores forestal y pesquero, en los cuales la subcontratación y el empleo temporal constituyen la norma. Pero también lo forman, crecientemente, trabajadores del sector agrícola, manufacturero y de la construcción, por indicar los más notorios.

En suma, las mencionadas altas tasas de desempleo producto del bajo dinamismo global de la economía regional y los fenómenos de flexibilización/precarización de la fuerza de trabajo, parecen esenciales para explicar tanto los niveles excepcionalmente altos de pobreza de algunas comunas ya mencionadas (Lota, Coronel, Curanilahue, Lebu, Mulchén, Penco, Los Alamos), como los índices también elevados de pobreza de comunas como Arauco, Santa Juana, Cabrero, San Rosendo, Cobquecura, Pemuco, Yungay, Quilleco y Portezuelo, en las cuales las actividades forestales comienzan a resultar predominantes. Se trata, en efecto, en estos casos, de procesos asociados tanto a formas de pobreza derivadas del subempleo (o empleo precario), como también a situaciones más clásicas de desempleo.

La regresiva distribución de los ingresos es otro de los ámbitos donde se manifiesta el carácter estructuralmente desequilibrado e insustentable del modelo de desarrollo dominante en la octava región. Según diversos estudios del INE y Mideplán, entre 1987 y 1996 la región del BioBío se sitúa entre las más regresivas en este ámbito, y no registra ningún progreso significativo durante dicho periodo. Los ingresos de las personas en la región del BioBío equivalen a menos del 80% de los ingresos promedios nacionales, y a menos del 70% del promedio de ingresos de la Región Metropolitana. Pero mucho más chocante es la estructura de la distribución del ingreso dentro de la propia octava Región, donde se observa el nivel de concentración o desigualdad más fuerte en relación con el resto de las regiones del país. En efecto, según datos de la CASEN 96, la diferencia entre el primero y el décimo decil es en la octava región de 30 veces (en 1987 era de 31,1 veces), mientras que en la región más cercana en materia de desigualdad (la III Región) es de 27,6 veces. En el extremo opuesto se encuentra la V Región, con una diferencia en 1996 de “sólo” 16,3 veces entre ambos deciles, mientras que ella era de 24,5 veces en 1987.

El conjunto de tales elementos, que en una importante medida dan cuenta – como ya hemos sugerido antes – tanto de una modalidad neotaylorista de gestión y de reproducción de la fuerza de trabajo como, de manera general, de la realidad social de la región del BioBío, confirma el negativo diagnóstico del ya aludido estudio del PNUD (1996) en lo que se refiere a la situación de los “recursos humanos” de dicha región. Situación en la que inciden de manera por lo demás relevante las condiciones de pobreza, y de modo particular la situación educacional, las condiciones sanitarias, las características y niveles del empleo, entre otros.

V.- Gran empresa y extraversión del desarrollo

Ahora bien, un elemento decisivo para comprender la heterogeneidad y desequilibrios de la estructura socio-económica de la Octava Región es a nuestro entender el rol creciente de la gran empresa, y en particular de aquellas con mayor grado de internacionalización[14]. En este sentido, el trabajo de S. Boisier y V. Silva (1990) parece tener una gran vigencia e importancia. Este pone de manifiesto un conjunto de hechos y tendencias que merecen destacarse[15]:

En la región del BioBío operan 14 sociedades anónimas en el sector industrial, pertenecientes todas al estrato de gran tamaño en términos del número de personas ocupadas. La menor de ellas ocupa a 121 personas en tanto que la mayor da empleo a 6489, totalizando en conjunto un volumen de mano de obra ocupada de 21 826 personas, equivalente al 68% del total regional del empleo del sector manufacturero, y al 82% del empleo industrial en el estrato de las “grandes empresas” (de 50 personas y más). Desde el punto de vista institucional, sólo dos de estas S.A. son estatales y, de las doce privadas, en cinco el capital es regional o nacional.

El 77,2% de los establecimientos industriales regionales (238) se concentran en sectores tradicionales (alimento, calzado, carbón, acero, petroquímica) y sólo el 8,4% (26) en sectores dinámicos (informática, bienes de equipo).

El 43% de los establecimientos tiene un grado tecnológico medio (informatización de sus funciones de gestión en contabilidad, control de inventarios, etc., y algún grado de automatización de los procesos productivos) y sólo el 5,2% tienen incorporados, al menos parcialmente, procesos tecnológicos de punta (gestión informatizada de la producción, uso de fabricación y diseño asistido por computador, etc.).

Existe una significativa relación entre el mayor tamaño ocupacional de los establecimientos industriales y la instalación de sus sedes en Santiago. A pesar de que sólo el 10% del total de las empresas regionales tiene su sede en Santiago, el porcentaje sube a 25% para las de 100 o más trabajadores y al 50% para las de más de 200. De las 13 sociedades anónimas más importantes en este sentido, sólo una tiene su sede en Concepción.

De las 13 grandes sociedades anónimas, que representan el 64% del empleo industrial regional, dos de ellas son estatales, y de las 11 privadas, en sólo 5 el capital es nacional ; y de ellas, únicamente 1 pertenece a capitales locales. Las 6 restantes (Celulosa Arauco y Constitución, Cía. Cervecerías Unidas; Cía. Siderúrgica Huachipato, Forestal Carampangue, Forestal Colcura y Maderas y Sintéticos) tienen una fuerte presencia de capital extranjero, por lo que hay un control transnacional de la mayoría de ellas.

La presencia del capital extranjero se da en el 50% de las S.A. abiertas del sector industrial manufacturero de la región. Entre estas, siete sociedades ocupan a casi la mitad de la mano de obra de las catorce S.A., lo que equivale al 31% del empleo total industrial de las empresas regionales.

La transnacionalización de la economía regional es un proceso cuantitativa y estructuralmente significativo, ya que las siete S.A. controladas por el capital extranjero incluyen la totalidad de las producciones de acero y azúcar de la región y del país, el mayor complejo forestal y productor de celulosa del país (y tercera empresa exportadora más importante de Chile), y una importante proporción en la producción nacional de cerveza y bebidas, productos forestales y paneles y madera aglomerada.

Tal tendencia a la transnacionalización de la economía regional [16] y a atribuir un rol creciente a la gran empresa, constituye un rasgo definitorio del modelo de desarrollo imperante. Esta realidad, no obstante ciertas modificaciones en la composición de dicho sistema empresarial, se ha acentuado y profundizado durante los últimos años (F. Antinao, 1997). Ello tiene sin duda consecuencias graves sobre la dinámica del desarrollo socio-económico regional.

Probablemente una de las más importantes de estas consecuencias la constituye el hecho de que la mayor parte del excedente generado en la región por parte, en particular, de la empresas exportadoras, no se reinvierte localmente (PNUD, 1996), al mismo tiempo que su contribución a las “arcas” fiscales regionales desde el punto de vista impositivo es insignificante. Ello debe vincularse al hecho de que, dada su importancia, influencias y recursos, las grandes empresas orientan sus inversiones en función exclusivamente del máximo de rentabilidad, lo que habitualmente no coincide con los objetivos o intereses de un desarrollo regional equilibrado y sustentable.

En tales condiciones, no tiene ningún fundamento sólido la expectativa de que dicha gran empresa, y particularmente las de mayor grado de transnacionalización, pueda contribuir efectivamente al desarrollo regional. En efecto, por su propia naturaleza e intereses, ella en la práctica no puede aportar a la endogenización del sistema productivo, sin lo cual un verdadero desarrollo equilibrado y sustentable no es concebible. Este último implica, en efecto, tasas importantes y sectorialmente equilibradas de reinversión del excedente; procesos de eslabonamiento hacia delante, que densifiquen el tejido industrial, diversifiquen el sistema productivo y promuevan la elaboración de productos con un valor agregado creciente; articulaciones fuertes y dinámicas de la pequeña y mediana empresa, con empresas grandes implicadas en proyectos productivos de largo plazo; procesos permanentes de formación y calificación creciente de mano de obra; interrelaciones dinámicas entre el sistema empresarial y los circuitos universitarios regionales de formación e investigación científica, que favorezcan y promuevan la innovación tecnológica y el reciclaje (o/y formación) de cuadros técnicos.

Pero la endogenización y sustentabilidad del desarrollo no sólo implica variables socioeconómicas y tecnológicas indispensables como las precedentes, sino también otras de tipo político. En particular, la existencia de fuerzas socio-políticas y poderes locales/regionales verdaderamente comprometidos con una estrategia de autocentraje de la acumulación y del desarrollo de la región[17]. Ahora bien, la gran empresa transnacional no puede “jugar el juego” de la endogenización del desarrollo, por la simple razón de que sus intereses fundamentales y centros de decisión están fuera de la región, y a veces incluso fuera del país. Por lo mismo, su tendencia natural es generar o reforzar procesos de extraversión de la acumulación y en consecuencia de subordinación de la actividad productiva respecto a dichos centros e intereses externos. Podría sin embargo indicarse una excepción, como lo sugieren ciertas experiencias internacionales: la gran empresa es capaz de “jugar el juego” cuando existe ya un contexto socio-económico, tecnológico e institucional relativamente sólido en favor del desarrollo endógeno (G. Benko y A. Lipietz, 1992).

Por consecuencia, como lo subraya el PNUD (1996, pág. 96), “si parte importante de los dueños de los factores de producción reside en la Región Metropolitana - o si allí se localizan otras etapas de la cadena de valor agregado - será ésta, por tanto, la “ganadora” de una estrategia de desarrollo basado en la promoción de exportaciones”. Tal es precisamente el caso en lo que concierne a las relaciones entre la Región Metropolitana y la Octava Región.

VI.- UNA DEBIL REGULACION PUBLICA E INSTITUCIONAL

Lo menos que puede decirse es que, en la compleja realidad regional precedentemente caracterizada en sus rasgos más esenciales, el poder público e institucional (especialmente gobiernos regionales y comunales) ha desempeñado hasta el presente un rol fundamentalmente de “acompañamiento” de las dinámicas del sistema socio-productivo dominante. Dinámicas, como ya se ha señalado, determinadas por los actores más influyentes de la región: las grandes empresas transnacionales.

Ello se manifiesta en la ausencia de diseños estratégicos que apunten efectivamente en el sentido ya indicado de una creciente endogenización del desarrollo regional[18]; se manifiesta igualmente, por consiguiente, en la precaria intervención pública en materia de gasto e inversión; en los miserables presupuestos de la gran mayoría de los municipios; en el débil apoyo al establecimiento de interconexiones y sinergias entre empresas, universidades y comunas de la región, o al desarrollo de los denominados “circuitos tecnológicos regionales” (S.Boisier y V.Silva, 1990); en la débil e insuficiente promoción de PYMES y en particular de empresas regionales; en fin, en los frágiles márgenes de autonomía que el gobierno regional y los gobiernos locales, por razones diversas (centralismo institucional y “cultural”, políticas o estrategias de desarrollo dominantes, recursos financieros y humanos, relaciones de fuerza etc.), deben auto-imponerse frente al poder central[19]. Todo ello implica una situación de gran desregulación públicaautoregulación privada. Más aún, puede igualmente sostenerse que en realidad existe una importante regulación/intervención pública, tanto a nivel regional como nacional, pero en beneficio o a favor de los intereses del gran empresariado. del desarrollo socio-económico de la región, y, por el contrario, de poderosa

En el caso de la región del BioBío, permanecen pues pendientes en este ámbito al menos dos tareas esenciales: por un lado, construir el “bloque” de fuerzas sociales, políticas y culturales (incluidos los gobiernos locales y regionales) comprometidas, como ya se ha dicho, con una estrategia de efectivo desarrollo regional (esto es, endógeno y sustentable); y por el otro, hacer avanzar un real proceso de descentralización y de reforzamiento considerable de la intervención pública, que implique incrementos importantes tanto de los márgenes de iniciativa institucional como de los recursos disponibles a escala local y regional (vía control o captación de una parte significativamente mayor del excedente producido localmente).

Esta situación de desregulación constituye un factor central para explicar la precaria situación que pone en evidencia la VIII Región en las últimas décadas. En consecuencia, para superar los problemas de subdesarrollo o desarrollo periférico, de débil competitividad económica, de insustentabilidad social y ecológica, y, en fin, de exclusión social (y también étnica, como lo muestra recientemente el caso Ralco), se requiere no sólo de una estrategia adecuada de desarrollo, sino que sobre todo de una real voluntad política y social de parte de las fuerzas que pretenden promover transformaciones sociales inspiradas en criterios de equidad, endogeneidad y sustentabilidad.

BIBLIOGRAFIA

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[1] Este trabajo forma parte de los resultados preliminares de la Investigación financiada por el Fondecyt (Proyecto N° 1990383) sobre “Trabajo temporero, flexibilidad laboral y productividad en la empresa subcontratista de la VIII Región. Un estudio sobre los rezagos en la modernización socio-económica de la actividad forestal”.

[2] Cfr., Consultora Géminis (El Mercurio, 9 de Diciembre de 1998).

[3] Cfr., Informe Económico Regional, N°32, Abril de 1999.

[4] Tal vulnerabilidad se relaciona en particular, entre otros aspectos, tanto con la escasa diversificación de la canasta exportadora y de los mercados de destino, como con el perfil fuertemente primario de los bienes exportados. A ello debe agregarse la configuración de un mercado de trabajo extremadamente segmentado y desregulado. Algunos de estos elementos se examinan en las secciones siguientes de este artículo. Sobre la crisis económica en la octava región, cfr. en particular Informe Económico Regional (1998/99), N° 31,32 y 33.

[5] Sobre la evolución del sector industrial en la VIII Región, ver en particular M.E. Moraga & J. Rodríguez (1989).

[6] El estudio de S. Boisier y V. Silva (1990) indica en efecto que hacia fines de la décad del 80, en lo que se refiere al dinamismo de la demanda, el 77,3% de los establecimientos de la región se encuentra en sectores industriales tradicionales y sólo un 8,5 % en sectores más dinámicos; y en lo que respecta al contenido tecnológico de los productos, sólo un 5,1% de los establecimientos corresponde a industrias de contenido tecnológico alto o medio.

[7] Durante los años 1996 y 1997, no obstante, se registra un significativo deterioro, descendiendo al 13,7 y 12,9 % respectivamente de las exportaciones del país. Esta situación se confirma en 1998 como consecuencia de la la denominada “crisis asiática” que, como se sabe, no sólo es asiática...

[8] A este respecto, ver en particular M.E. Moraga (1997).

[9] Sobre este particular, ver en especial A. Lipietz & D. Leborgne 1990); F. Gatto (1990).

[10] Nuestro juicio en este sentido es bastante concordante con las conclusiones del PNUD (1996). Sobre los desequilibrios intraregionales, ver igualmente F. Gatica (1997).

[11] Ver M.E. Moraga, 1997.

[12] Ver Banco Central (1998) e Informe E.R. (1998).

[13] Ver PNUD (1996); F. Gatica (1997).

[14] Al respecto, ver en particular S. Boisier y V. Silva (1990) ; PNUD ( 1996).

[15] La información corresponde casi textualmente a los datos aportados por S.Boisier y V. Silva (1990).

[16] Tendencia que probablemente (y erróneamente) algunos tratarán de justificar con alusiones a la globalización de las economías, pretendiendo que un desarrollo de carácter endógeno ya no sería posible. Tal discurso carece sin embargo de fundamento. De hecho todos los países capitalistas realmente desarrollados disponen de una fuerte endogeneidad económica y tecnológica, y la defienden sin ningún complejo. Lo mismo puede afirmarse para el caso de regiones emergentes, dinámicas y desarrolladas a escala internacional (Ver G. Benko & A. Lipietz, 1992).

[17] Sobre la cuestión de la endogeneidad, ver en particular S.Boisier y V. Silva (1990); G.Garofoli (1992); D. Leborgne y A. Lipietz (1992).

[18] Este elemento aparece, en el mejor de los casos, implícito y secundario en la estrategia de desarrollo regional vigente. Ver Serplac/ BioBío (1995). En cambio, en las definiciones estratégicas del gobierno regional precedente él es planteado con una claridad y fuerza relativamente mayor. Ver Serplac/BioBío (1991).

[19] A este respecto, ver en particular PNUD (1996) y S.Boisier & V.Silva (1990).

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