31 de mayo de 2008

MADRE DE TODAS LAS DUDAS, por Cristián Warnken


Madre Teresa de Calcuta: estoy en una iglesia vacía, de la que se han retirado todos los fieles. El silencio aquí se puede tocar, y rezo y lloro a los pies del crucificado. Lloro lágrimas de sangre, pero no siento a Dios en mí. Y pienso en ti, que dijiste: "En mi alma siento ese terrible dolor de la pérdida, de que Dios no me quiere, que Dios no es Dios, y que él realmente no exista". ¡Tú lo dijiste! ¡Tú, que para millones -incluso ateos- fuiste una de las pocas pruebas de la presencia de Dios en la Tierra! Tú, la que encandilaste con tu luz propia a los más escépticos en un siglo de sombras, escribiste en tus diarios íntimos: "¡Si ustedes tan sólo supieran la oscuridad en que me encuentro sumida!".

Tú, que habías escuchado la voz de Jesús decirte, mientras viajabas en tren a Darjeeling, en 1949: "¿Te rehusarás?", tú sentiste el rechazo, el abandono de aquel al que tú le entregaste toda una vida. ¿Por qué? Hoy sabemos, al leer por primera vez tus cartas hasta ahora inéditas, que durante 50 años no sentiste nada, que hasta tu muerte, el alma de la más grande santa del siglo XX, "la santa de las alcantarillas", de los leprosos, de los sufrientes, fue "un cubo de hielo". Dudaste de la existencia de Dios hasta desangrarte por dentro.

Estoy solo en esta iglesia vacía. Afuera está lleno de gente, de voces, de sonidos, de furia, y el vacío del mundo es más desolador que el que siento acá dentro. Pero no siento a Dios conmigo. Y lloro lágrimas de sangre, y pienso en ti, Madre Teresa de Calcuta, que con estas cartas te has convertido en la santa de los que dudan, de los que -como yo- buscan a Dios desesperadamente, con avidez, con "glotonería", pero sólo reciben un pan duro o piedras. Piedras de los que tienen fe y no dudan, piedras de los que hablan de Dios con soberbia, acorazados en sus púlpitos sin grietas. ¡Y hay una flor, la más resistente de todas, la más delicada, que crece entre las grietas! Pero a veces sólo veo piedras sobre piedras, iglesias vacías por dentro, y Dios, ahí, ¿dónde estuvo?

Y Él, que está ahí en la cruz, ¿no dudó también, antes de expirar? ¿No dijo acaso: "Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado"? ¡Él lo dijo! Él, a cuyos pies lloro lágrimas de sangre. Y muchos de los que se llenan la boca con su nombre ya no saben llorar, ya no saben dudar, ya no saben perdonar.

La iglesia está vacía. Amo las iglesias vacías, su silencio en el que se escucha con más claridad la ausencia de Dios. Entonces, en esa ausencia, entiendo que mi duda radical no es un capricho ni un pecado ni un orgullo deplorable. No, a veces siento que alguien recoge mi duda y la acuna y la ama, como un tesoro. Duda: refugio contra la fe fácil, contra el Dios anestesiante, contra la retórica y la rutina de muchos fieles y ministros que han gastado la palabra Dios hasta hacerla una palabra más... ¡Una palabra más, cuando se supone que era la palabra!

En cambio, Madre Teresa, santa de los que dudan, cuando escucho la palabra "Dios" de tus labios, tiemblo y caigo de rodillas y rezo, para sentir hasta el fondo la ausencia de Dios, que es, tal vez, el único templo donde Dios está todavía.

Madre Teresa: tú cuidaste a los leprosos, les lavaste sus heridas, los acompañaste en su sufrimiento inútil en largas noches de desvelo. Ahora vengo a pedirte que hagas lo mismo con los que tenemos la lepra de la duda, los que hemos negado a Jesús tres veces, los que soñamos con un Dios escondido mejor que el Dios sobreexpuesto de estos días. Sé tú nuestra madre, madre de la duda sagrada, acompáñanos en esta lucha codo a codo con esta nada que nos devora. Para que podamos decir algún día, contigo: ¡Benditos los que dudan, que de ellos también será el reino de los cielos!

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