17 de mayo de 2008

BAJO EL VOLCAN, C. Warnken


Los volcanes estallan donde quieren y cuando quieren. Por cada erupción que logremos prever, siempre habrá un volcán que irrumpa donde no lo esperábamos. Así es la vida. Así es Chile, país levantado sobre la ceniza y el viento. Cada vez que nos dormimos creyendo haber levantado nuestro campamento sobre tierra firme, un estallido nos despierta y nos recuerda que somos fragilidad y milagro.

Cristián Warnken

Nada es para siempre: un lago puede desaparecer de la noche a la mañana, un pueblo ser borrado del mapa (como anteayer en Birmania), nosotros mismos cruzar esa tenue frontera que separa la vida de la nada. ¿Y qué hacer entonces? Vivir sin olvidar el imperativo de Nietzsche: 'Levantad vuestra carpa bajos los volcanes'. No sacamos nada con huir, con arrancar lejos de los volcanes, porque éstos están más cerca de lo que pensamos, a la vuelta de la esquina. El que huye de los volcanes huye de la vida.

El que arranca del peligro, arranca de Dios. 'Cercano está el dios/ pero difícil es captarlo./ Pero donde crece el peligro/ crece también lo que nos salva'. Lo dijo otro aleman, el divino Hölderlin. ¡Miren lo que enseñan dos alemanes que huyeron del rigor extremo, de una cultura obsesionada por domesticar la vida con el método! Como esas turistas alemanas oriundas de Hamburgo (Maja e Inga Winterberg, viajeras sesentonas) que llegaron sin saberlo, hace unos días, a un pueblo fantasma tapado por la ceniza, y que decidieron no
dejarse vencer por el miedo, y continuar su largo viaje hasta el final, como todos debiéramos hacerlo. Y nosotros, que vivimos en el fin de la tierra, bajo el cielo más vasto y al borde de todos los abismos, debiéramos tener ese arte de vivir a la intemperie, en lo incierto. Olvidamos que todo gesto de construcción definitiva sobre una geografía desmesurada está condenado al fracaso.

Chile debiera ser un gran laboratorio para aprender a vivir bajo los volcanes. Ésa es nuestra única poética posible, lo demás será siempre copia burda, inauténtica.


Es que no sabemos vivir. ¡No sabemos! Cada explosión del volcán Chaitén es una lección gratuita e inequívoca de lo imprevisible que nos rodea. Las explosiones de supernovas en el cielo también, a otra escala, nos vienen enseñando lo mismo hace milenios. Tenemos el privilegio de ser alumnos de uno de los cielos más transparentes del mundo. Y, bajo nuestros pies, este suelo de temblores también nos golpea cada cierto tiempo, para despertarnos y decirnos:
'Levantad vuestra carpa bajos los volcanes'.

Queremos programarlo todo, hacer que la vida quepa en nuestras agendas y pautas ilusorias. Pero siempre una sacudida, un viento inconocido desarmará nuestro pretencioso castillo de naipes. Ponemos nuestros mejores años en armarlo, pero bastaría con alzar una carta al azar de las que están en el suelo para saber que el que manda es el loco, ese 'joker' que se ríe siempre en nuestra propia cara. ¿Es él, entonces, el que gobierna el mundo, este tarot vertiginoso que
somos? No lo sé. No sé si hay un orden oculto, o un desorden que danza a nuestros pies, sólo sé que hay que seguir viajando, como Maja e Inga, bajo la ceniza, con el viento en contra, en territorios desconocidos, al extremo sur de nuestras pobres certezas.

Hace poco, otro pequeño pueblo olvidado, Curepto, nos enseñó lo ridículos que podemos ser cuando nos mentimos y engañamos a nosotros mismos, cuando vivimos para la cinta y para la foto, cuando escondemos nuestra precariedad y nuestra pobreza. Ahora otra localidad extrema, Chaitén, nos muestra lo abismal que es todo. ¿Huiremos o levantaremos nuestras carpas bajo los volcanes? Lo pregunto mientras una nube de ceniza se levanta otra vez, ante nuestros incrédulos ojos, sobre el cielo puro de Palena.

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