1 de abril de 2008

La sociología y sus límites

Por José Natanson

En Utopía y desencanto (Miño y Dávila), Alberto Noé toma como punto de partida un tema bien delimitado –la creación e institucionalización de la carrera de Sociología de la UBA– en un período histórico bien concreto (1955-1966), para, a partir de allí, ocuparse de cuestiones más vastas: el lugar de las ciencias sociales en la Argentina posperonista, las batallas políticas que marcaron la época, las diferentes corrientes académicas que convivían en una incómoda tensión y, en fin, las contradicciones y conflictos dentro de un campo cultural desconcertado entre el final del régimen oligárquico, la irrupción inesperada del peronismo y el golpe de 1955.

A través de una revisión histórica sistemática y rigurosa, Noé describe las pujas de poder en el seno de la UBA y busca dar cuenta de las paradojas del momento: el hecho de que la Revolución Libertadora permitió que los sectores académicos progresistas consiguieran, por primera vez, el control de la UBA; o las críticas miopes que un sector del movimiento formulaba a Gino Germani, a quien se acusaba de introducir en Argentina las prácticas de la sociología norteamericana y que –como señala Atilio Boron en el elegante prólogo que enriquece el libro– en verdad era el mejor y más brillante diseccionador de la estructura social de la Argentina.

En estas paradojas, tensiones y conflictos, Noé explora el lugar de la sociología en un momento en que no es raro escuchar sentencias acerca de la crisis de esta disciplina. Algo similar, aunque desde un lugar ciertamente diferente, se propone el francés Bernard Lahire en un libro que reúne diferentes ensayos bajo un título provocativo: ¿Para qué sirve la sociología? La pregunta es respondida por autores como Robert Castel, François de Singly y Louis Quéré. Los ensayos cuestionan la “utilidad” de la disciplina –la crítica por su legitimidad– y se preguntan cuál es, en definitiva, el lugar del sociólogo: ¿debe ser un sabio que habla desde arriba de los púlpitos académicos? ¿Un experto cuyos conocimientos generan beneficios tangibles en la sociedad? ¿Un psicoanalista capaz de hacer disminuir el sufrimiento de la gente? ¿Un revolucionario al servicio de las luchas de los dominados?

El prólogo, cedido al titular de la Carrera de Sociología de la UBA, Lucas Rubinich, tiene la enorme ventaja de situar la discusión en el contexto latinoamericano. Desde la institucionalización de la disciplina en la región desde fines de la Segunda Guerra y la valorización del papel del cientista social en los diagnósticos que posibilitaran la elaboración de políticas (sobre todo a través de organismos como la Cepal), hasta la sociología de los ’80, preocupada la transición post-autoritaria y el establecimiento del orden democrático, y de los ’90, marcada por el neoliberalismo y el influjo tecnocrático de los organismos internacionales. Ambos libros, cada uno a su modo, indagan acerca de las dificultades de la sociología (y de las ciencias sociales en general) para generar conocimiento, y sobre las limitaciones e impedimentos que encuentran. Rubinich opina que el objetivo de su disciplina debería ser no solo trabajar para el poder, sino también, y sobre todo, construir conocimiento sobre el poder. Si viviera, ¿Germani pensaría lo mismo?

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