7 de agosto de 2008

EL DILEMA CHINO SEGUN GIOVANNI ARRIGHI



GIOVANNI ARRIGHI


ADAM SMITH EN PEKIN



Índice

Prefacio y agradecimientos

Introducción

PAR TE I: ADAM SMITH Y LA NUEVA ERA ASIÁTICA

1 Marx en Detroit, Smith en Pekín

2 La sociolog ía histórica de Adam Smith

3 Marx, Schumpeter y la acumulación «sin fin» de capital y de poder

PARTE II: INDAGACIONES SOBRE LA TURBULENCIA GLOBAL

4 La economía de la turbulencia global

5 La dinámica social de la turbulencia global

6 Una cris is de hegemonía

PARTE III: EL DESMORONAMIENTO DE LA HEGEMONÍA

7 Dominación sin hegemonía

8 La lógica territorial del capitalismo histórico

9 El Estado mundial que nunca existió

PARTE IV: ORÍGENES Y FUNDAMENTOS DE LA NUEVA ERA ASIÁTICA

10 El reto del «ascenso pacífico»

11 Estados, mercados y capitalismo en el Este y en el Oeste

12 Orígenes y dinámica del ascenso chino

Epílogo

Bibliografía

Traducción: Juan Mari Madariaga

Prefacio y agradecimientos

Este libro es una continuación y reelaboración de dos obras anteriores, El largo siglo XX y Caos y orden en el sistema-mundo moderno. Se centra en dos acontecimientos que han configurado, más que ningún otro, la política, la economía y la sociedad mundiales. Uno es el ascenso y declive del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano diseñado por los neoconservadores estadounidenses y el otro es el surgimiento de China como adalid del resurgimiento económico de Asia oriental. Se dedicará la debida atención a los principales agentes estatales y no estatales que han contribuido a esos dos acontecimientos, pero el objeto principal del análisis se situará en Estados Unidos y China y sus aparatos estatales como agentes clave de la transformación global en curso.

Los amigos, alumnos y colegas que han leído y comentado el manuscrito antes de la ronda final de revisiones me han hecho llegar valoraciones desacostumbradamente discrepantes. Los capítulos que más gustaban a algunos eran los memos apreciados por otros; los apartados y secciones que algunos juzgaban más relevantes para la argumentación del libro les parecían superfluos a otros. Las discrepancias en las reacciones de los lectores son normales, pero no en la medida que he experimentado con este libro. Pienso que esa anomalía se puede atribuir al doble propósito del libro –al que se apunta en su título– y a los diferentes métodos empleados en su elaboración.

Mi propósito es tanto ofrecer una interpretación del desplazamiento en curso del centro de la economía política global de Norteamérica a Asia oriental a la luz de la teoría del desarrollo económico de Adam Smith, como ofrecer una interpretación de La riqueza de las naciones a la luz de ese desplazamiento. Este doble propósito se desarrolla a lo largo de todo el libro pero algunos apartados dependen más de argumentos teóricos, otros de análisis históricos y otros de la valoración de fenómenos actuales. Inevitablemente, los lectores con poca paciencia para la teoría, o para los análisis de acontecimientos distantes y poco familiares, o para una historia que todavía se está haciendo, pueden sentirse tentados a sobrevolar por encima de determinadas secciones o incluso de capítulos enteros. Consciente de esa posibilidad, he hecho cuanto he podido para asegurar que los lectores que así lo hagan puedan captar al menos uno de los dos argumentos generales del libro, el que se refiere al desplazamiento del centro de la economía política global a Asia oriental o el que concierne a La riqueza de las naciones. Todo lo que pido a cambio es que se juzgue el libro como una totalidad, y no sólo por sus distintas partes.

He venido confeccionando este libro durante varios años, y la lista de mis deudas intelectuales es larga. Sin la ayuda de muchos colaboradores de Asia oriental no habría podido acceder a textos claves en chino y japonés, algunos de los cuales aparecen en la bibliografía. Ikeda Satoshi, Hui Po-keung, Lu Aiguo, Shih Miin-wen, Hung Ho-fung y Zhang Lu me ayudaron en esta tarea. Además, Ikeda me introdujo en la literatura japonesa sobre el sistema comercial tributario centrado en China; Hui me enseñó a leer a Braudel desde la perspectiva de Asia oriental; Hung guió mis incursiones en la dinámica social del último período de la China imperial, y Lu Aiguo ha frenado mi excesivo optimismo sobre la naturaleza de los recientes logros chinos.

Una versión anterior y más corta de la Segunda Parte se publicó como «The Social and Political Economy of Global Turbulence» en New Left Review II/20 (2003), pp. 5-71 [ed. cast.: «La economía social y política de la turbulencia global», NLR II/20, mayo-junio de 2003, pp. 5-68]. Al igual que una parte del capítulo 1, reviso en ella críticamente la obra de Robert Brenner. Forma parte de un intento por mi parte de convencer a Bob Brenner de que se tome la sociología histórica más en serio que la economía, y le agradezco en cualquier caso el estímulo intelectual proporcionado por su obra y que se tome con calma mis críticas.

Una versión anterior de la Tercera Parte se publicó como «Hegemony Unraveling-I», en New Left Review II/32, marzo-abril de 2005, pp. 23-80, y «Hegemony Unraveling-II», en New Left Review II/33, mayo-junio de 2005, pp. 83-116 [ed. cast.: «Comprender la hegemonía I», NLR II/32, mayo-junio de 2005, pp. 20-74 y NLR II/33, julio-agosto de 2005, pp. 24-54]. Esos dos artículos han sido totalmente reestructurados y reescritos, pero muchas de las ideas del capítulo 8 todavía provienen de un seminario que dimos David Harvey y yo en la Universidad Johns Hopkins. Agradezco a David y a los participantes en aquel seminario su ayuda para en la reelaboración de argumentos clave de El largo siglo XX y Caos y orden en el sistema-mundo moderno en un marco analítico más riguroso y más sólido. Parte de los capítulos 1, 11 y 12 provienen de un artículo que publiqué junto con Hui Po-keung, Hung Ho-fung y Mark Selden con el título «Historical Capitalism, East and West», en The Resurgence of East Asia. 500, 150 and 50 Year Perspectives, editado por G. Arrighi, T. Hamashita y M. Selden (Londres, Routledge, 2003), y de otro publicado en solitario como «States, Markets and Capitalism, East and West», en Worlds of Capitalism. Institutions, Economic Performance, and Governance in the Era of Globalization, editado por M. Miller (Londres, Routledge, 2005). Ya he mencionado mis deudas intelectuales con Hui y Hung; además, debo agradecer a Mark Selden su generosa orientación en mis intentos de captar la experiencia de Asia oriental así como sus comentarios sobre el capítulo 1.

Benjamin Brewer, André Gunder Frank, Antonina Gentile, Greta Krippner, Thomas Ehrlich Reifer, Steve Sherman, Arthur Stinchcombe, Sugihara Kaoru, Charles Tilly y Susan Watkins me hicieron llegar valiosos comentarios sobre diversos artículos que se incorporaron más tarde al libro. Astra Bonini y Daniel Pasciuti me ayudaron a confeccionar las figuras y Dan también realizó investigaciones monográficas sobre ciertas cuestiones específicas. Baris Cetin Eren contribuyó a mantener al día el material del capítulo 7, mientras que Ravi Palat y Kevan Harris me bombardearon incesantemente con pruebas a favor y en contra de mis argumentos de las que he hecho abundante uso. Kevan también leyó todo el manuscrito, ofreciéndome valiosas sugerencias en cuanto al fondo y la forma. Patrick Loy me proporcionó algunas citas excelentes, y James Galbraith me ofreció útiles indicaciones con respecto a Adam Smith y la China de su tiempo. Los comentarios de Joel Andreas, Nicole Aschoff, Georgi Derluguian, Amy Holmes, Richard Lachman, Vladimir Popov, Benjamin Scully y Zhan Saohua fueron de mucha ayuda en la última ronda de revisiones.

Perry Anderson y Beverly Silver han actuado como siempre como mis principales consejeros. En sus respectivos papeles de «poli bueno» (Perry) y «poli malo» (Beverly), han sido igualmente decisivos en la realización de este trabajo. Les estoy muy agradecido a ambos por su orientación intelectual y su apoyo moral.

Este libro está dedicado a la memoria de mi buen amigo André Gunder Frank. En los treinta y seis años transcurridos desde que nos conocimos en París en 1969 hasta su muerte luchamos juntos y uno contra otro para desvelar las causas principales de las injusticias globales. Mantuvimos muchas disputas, pero viajábamos por la misma ruta y al final descubrimos que nos encaminábamos aproximadamente en la misma dirección. Sé –porque lo dijo– que no estaba de acuerdo con gran parte de mi crítica hacia Bob Brenner, pero creo que habría reconocido la perdurable influencia de su pensamiento sobre los argumentos generales de este libro.

Marzo de 2007

Introducción

A mediados de la década de 1960 Geoffrey Barraclough decía: «A principios del siglo XX el poder europeo en Asia y África estaba en su cenit; parecía que ninguna nación podía resistir la superioridad de las armas y el comercio europeo; pero sesenta años después sólo quedaban vestigios del dominio europeo [...] Nunca antes en la historia de la humanidad se había producido un cambio tan revolucionario y con tanta rapidez». El cambio de situación de los pueblos de Asia y África «era la señal más inequívoca del advenimiento de una nueva era». Barraclough estaba convencido de que cuando se escribiera desde una larga perspectiva la historia de la primera mitad del siglo XX –que para la mayoría de los historiadores seguía todavía dominada por las guerras y los problemas europeos– «ningún tema parecerá de mayor importancia que la rebelión contra Occidente». La tesis central de este libro es que cuando se escriba desde esa larga perspectiva la historia de la segunda mitad del siglo XX, es probable que ningún tema parezca de mayor importancia que el resurgimiento económico de Asia oriental. La rebelión contra Occidente generó las condiciones políticas para el aumento de poder social y económico de los pueblos del mundo no occidental. El resurgimiento económico de Asia oriental es la primera señal y la más clara de que ese aumento de poder ha comenzado.

Hablo de resurgimiento porque –con palabras de Gilbert Rozman– «Asia oriental es una gran región del pasado, que estuvo a la vanguardia del desarrollo mundial durante más de dos mil años, hasta el siglo XVI, XVII o incluso el XVIII, cuando sufrió un eclipse relativamente breve pero profundo». Ese resurgimiento se ha producido mediante un proceso de bola de nieve en el que se han ido encadenando sucesivos «milagros» económicos en distintos países de Asia oriental, comenzando por Japón durante las décadas de 1950 y 1960, de donde pasó a Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Malasia y Tailandia durante las dos décadas siguientes, para culminar en la de 1990 y principios del nuevo milenio con el surgimiento de China como el centro más dinámico de expansión económica y comercial del mundo. En opinión de Terutomo Ozawa –que introdujo la idea de un proceso de bola de nieve para describir el ascenso de Asia oriental– «el milagro chino, aunque todavía esté en una fase incipiente, será sin duda [...] el más espectacular en cuanto a su efecto sobre el resto del mundo [...] especialmente sobre los países vecinos». De forma parecida, Martin Wolf declaraba que

Si [el ascenso de Asia] prosigue como durante las últimas décadas, pondrá fin a los dos siglos de dominación global europea y de su gigantesco vástago norteamericano. Japón no fue sino el heraldo de un futuro asiático, pero se demostró demasiado pequeño e introvertido como para transformar el mundo. Lo que viene detrás –sobre todo China– no será ni una cosa ni otra [...] Europa es el pasado, Estados Unidos el presente y una Asia dominada por China el futuro de la economía global. Ese futuro está llegando. Las grandes preguntas son en qué plazo y con qué sacudidas se producirá.

El futuro asiático pronosticado por Wolf puede no ser tan inevitable como él parece pensar; pero aunque sólo tenga razón en parte, el resurgimiento de Asia oriental sugiere que el vaticinio de Adam Smith de una nivelación final de poder entre el Occidente conquistador y el resto del mundo conquistado podría llegar a hacerse finalmente realidad. Como Karl Marx después de él, Adam Smith veía un punto crítico crucial de la historia mundial en los «descubrimientos» europeos de América y de una ruta hacia las Indias orientales doblando el cabo de Buena Esperanza, pero era mucho menos optimista que Marx en cuanto a los beneficios últimos para la humanidad de esos acontecimientos.

Sus consecuencias han sido ya muy considerables; pero es todavía un período muy corto el de los dos o tres siglos transcurridos desde aquellos descubrimientos para que se hayan manifestado todas ellas. Ninguna previsión humana puede adivinar los beneficios o daños que puedan resultar en el futuro para la humanidad de estos dos extraordinarios sucesos. Uniendo, en cierto modo, las regiones más distantes del mundo, habilitándolas para poder socorrerse recíprocamente en sus necesidades e incrementar su satisfacción mutua, y animando la actividad económica de uno y otro hemisferio, su tendencia general no puede por menos que ser beneficiosa. Bien es verdad que el beneficio comercial que podían haber obtenido los nativos de las Indias orientales y occidentales como consecuencia de esos acontecimientos se han perdido y hundido en los terribles infortunios que han ocasionado [...] En la época del descubrimiento era tan superior la fuerza de los europeos que, valiéndose de la impunidad que ésta les confería, pudieron cometer toda clase de injusticias en aquellos remotos países. Es posible que en lo sucesivo los habitantes de aquellas regiones aumenten sus fuerzas o que se debiliten las europeas, y que los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo.

En lugar de que los europeos se debilitaran y los países no europeos se fortalecieran, durante casi dos siglos tras la publicación de La riqueza de las naciones la «fuerza superior» de los europeos y sus descendientes en Norteamérica y otros lugares se hizo mayor, y lo mismo sucedió con su capacidad «para cometer con impunidad todo tipo de injusticias» en el mundo no europeo. De hecho, cuando escribía Smith el «eclipse» de Asia oriental apenas había comenzado y la notable paz, prosperidad y crecimiento demográfico que experimentó China durante gran parte del siglo XVIII eran fuente de inspiración para importantes figuras de la ilustración europea. Leibniz, Voltaire y Quesnay, entre otros, «miraban hacia China en busca de orientación moral, directrices para el desarrollo institucional y pruebas que apoyaran su defensa de causas tan variadas como el despotismo ilustrado, la meritocracia y una economía nacional basada en la agricultura». El mayor contraste con los países europeos era el tamaño y población del imperio chino. En palabras de Quesnay, el imperio chino era «lo que toda Europa sería si estuviera unida bajo un único soberano», caracterización de la que se hizo eco Smith en su observación de que la amplitud del «mercado nacional» chino no era «inferior al mercado de todos los países de Europa juntos».

Durante el siguiente medio siglo un gran salto adelante en el poderío militar europeo socavó esa imagen positiva que se tenía de China. Los comerciantes y aventureros europeos llevaban mucho tiempo insistiendo en la vulnerabilidad militar de un imperio gobernado por una clase de aristócratas ilustrados, al tiempo que se quejaban amargamente de las trabas burocráticas y culturales que hallaban al intentar comerciar con China. Esas censuras y quejas alimentaron una opinión sustancialmente negativa sobre China como un imperio burocráticamente opresor y militarmente débil. En 1836, tres años antes de que Gran Bretaña iniciara la primera Guerra del Opio contra China (1839-1842), el autor de un ensayo anónimo publicado en Cantón sostenía que «probablemente no existe en la actualidad un criterio más infalible para evaluar la civilización y el progreso de las sociedades que la eficacia que cada una de ellas ha alcanzado en “el arte de matar”, la perfección y variedad de sus instrumentos de destrucción mutua y la habilidad con que han aprendido a usarlos». Proseguía desdeñando a la Armada imperial china como una «parodia monstruosa», argumentando que los anticuados cañones e indisciplinados ejércitos habían dejado a China «impotente en tierra» y considerando esas debilidades como síntomas de una deficiencia básica de la sociedad china en su conjunto. Al dar cuenta de esas opiniones, Michael Adas añade que la creciente importancia de la destreza militar «en las evaluaciones europeas de la capacidad genérica de los pueblos no occidentales auguraba malos tiempos para los chinos, que habían caído muy por debajo de los agresivos “bárbaros” que hostigaban sus confines meridionales».

Durante el siglo que siguió a la derrota de China en la primera Guerra del Opio, el eclipse de Asia oriental se convirtió en lo que Ken Pomeranz ha llamado «la Gran Divergencia». La evolución política y económica de esas dos regiones del mundo, caracterizadas hasta entonces por un nivel de vida parecido, comenzó a divergir marcadamente, produciéndose un rápido ascenso de Europa hasta el cenit de su poder y un declive igualmente rápido de Asia oriental hasta su nadir. A finales de la Segunda Guerra Mundial China se había convertido en el país más pobre del mundo; Japón en un Estado «semisoberano» ocupado militarmente; y la mayoría de los países de la región estaban todavía luchando contra el dominio colonial o a punto de verse partidos en dos por la división de la Guerra Fría. En Asia oriental, como en otros lugares, se apreciaban pocas señales de una validación inminente del vaticinio de Adam Smith de que la ampliación y profundización de los intercambios en la economía global actuaría como nivelador de poder entre los pueblos de origen europeo y no europeo. Como es sabido, la Segunda Guerra Mundial dio un tremendo impulso a la rebelión contra Occidente. En toda Asia y África se restablecieron viejas soberanías y se crearon otras nuevas por docenas; pero la descolonización tuvo como contrapartida la constitución del aparato coercitivo occidental más extenso y potencialmente destructivo que el mundo había visto nunca.

La situación comenzó a cambiar a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, cuando el poderosísimo aparato militar estadounidense no consiguió mantener dividido al pueblo vietnamita mediante la frontera artificial creada por la Guerra Fría. Paolo Sylos-Labini, escribiendo para el bicentenario de la publicación de La riqueza de las naciones poco después de que Estados Unidos hubiera decidido retirarse de Vietnam, se preguntaba si había llegado por fin el momento de que –como vaticinaba Adam Smith– «los habitantes de todas las partes del mundo puedan alcanzar aquel nivel de valor y de fuerza que, inspirando a todos un temor recíproco, obligue a todas las naciones independientes a una especie de respeto mutuo». La coyuntura económica también parecía favorecer a los países que constituían el llamado Tercer Mundo. Había gran demanda de sus recursos naturales y también disponían de una mano de obra abundante y barata. Los flujos de capital del Primer al Tercer (y Segundo) Mundo experimentaron una gran expansión; la rápida industrialización de los países del Tercer Mundo socavaba la anterior concentración de actividades industriales en los países del Primer y Segundo mundos; y los países del Tercer Mundo se habían unido, por encima de sus diferencias ideológicas, para exigir un nuevo orden económico internacional.

Revisando las reflexiones de Sylos-Labini dieciocho años después en 1994, señalé que cualquier esperanza (o temor) de una nivelación inminente de las oportunidades de los pueblos del mundo para beneficiarse del proceso en curso de integración económica mundial había sido prematuro. Durante la década de 1980, la escalada de la competencia en los mercados financieros del mundo impulsada por Estados Unidos había frenado en seco el suministro de fondos a los países del Tercer y el Segundo Mundos y había provocado una importante contracción de la demanda mundial de sus productos. Los términos de intercambio se habían vuelto a inclinar en favor del Primer Mundo tan rápida y empinadamente como lo habían hecho en su contra durante la década de 1970. El imperio soviético, desorientado y desorganizado por la creciente turbulencia de la economía global y duramente hostigado por la nueva escalada de la carrera armamentística, se había desintegrado, y en lugar de dos superpotencias enfrentadas, los países del Tercer Mundo tenían ante sí un mundo «unipolar» en el que se veían obligados a competir con los restos del Segundo Mundo por el acceso a los mercados y los recursos del Primer Mundo. Al mismo tiempo, Estados Unidos y sus aliados europeos aprovecharon la oportunidad creada por el colapso de la URSS para reclamar con cierto éxito el «monopolio» global del uso legítimo de la violencia, fomentando la creencia de que su fuerza no sólo era mayor que nunca sino incuestionable a cualquier efecto práctico.

Aun así, también señalaba que la contraofensiva del Primer Mundo no había devuelto las relaciones de poder a su estado anterior a 1970, ya que la disolución del poder soviético se había visto acompañada por el ascenso de lo que Bruce Cumings denominaba el «archipiélago capitalista» de Asia oriental. Japón era de lejos la mayor de las «islas» de ese archipiélago, y tras él se situaban las ciudades-Estado de Singapur y Hong Kong, el Estado-cuartel de Taiwán y el semi-Estado nacional de Corea del Sur. Ninguno de esos Estados era poderoso en términos convencionales: mientras que Hong Kong no era ni siquiera un Estado soberano, los tres mayores Estados –Japón, Corea del Sur y Taiwán– dependían absolutamente de Estados Unidos no sólo en cuanto a su protección militar, sino también en cuanto a su abastecimiento de energía y alimentos, así como para la distribución rentable de sus productos industriales; y sin embargo, el poder económico colectivo del archipiélago como nuevo «taller» y «caja de caudales» del mundo estaba obligando a los centros tradicionales del poder capitalista –Europa occidental y Norteamérica– a reestructurar y reorganizar sus propias industrias, sus propias economías y su propia forma de vida.

Una bifurcación de ese tipo entre el poder económico y militar, argumentaba, no tenía precedente en los anales de la historia capitalista y podía evolucionar en tres direcciones muy diferentes: Estados Unidos y sus aliados europeos podían intentar utilizar su superioridad militar para extraer un «pago de protección» de los centros capitalistas emergentes de Asia oriental. Si ese intento tenía éxito, podía llegar a materializarse el primer imperio auténticamente global de la historia. Si no se llevaba a efecto ese intento, o si no tenía éxito, Asia oriental podría convertirse con el tiempo en el centro de una sociedad de mercado a escala mundial del tipo previsto por Adam Smith; pero también cabía que la bifurcación diera lugar a un caos indefinido a escala mundial. Como decía yo entonces parafraseando a Joseph Schumpeter, antes de que la humanidad se asfixie (o se deleite) en las mazmorras (o en el paraíso) de un imperio global centrado en Occidente o en una sociedad de mercado global centrada en Asia oriental, «podría muy bien arder en los horrores (o en las glorias) de la escalada de violencia que ha acompañado la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría».

Las tendencias y acontecimientos durante los trece años que han pasado desde que se escribieron esas líneas han cambiado radicalmente la probabilidad de que se materialice cada un de esas tres posibilidades. La violencia a escala mundial ha seguido aumentando, y como se argumentará en la Tercera Parte de este libro, la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a los ataques del 11 de septiembre de 2001 fue en ciertos aspectos clave un intento de establecer el primer imperio auténticamente global de la historia del mundo. El fracaso abismal de ese proyecto en el terreno de pruebas iraquí no ha eliminado, pero si ha reducido en gran medida la probabilidad de que llegue a materializarse nunca un imperio mundial centrado en Occidente. Las posibilidades de un caos indefinido a escala mundial han aumentado, pero también lo ha hecho la probabilidad de que lleguemos a contemplar la formación de una sociedad de mercado a escala mundial centrada en Asia oriental. Las perspectivas más brillantes de esa eventualidad se deben en parte a las desastrosas consecuencias para el poderío mundial estadounidense de la aventura iraquí, pero sobre todo al espectacular progreso económico de China desde principios de la década de 1990.

Las eventuales derivaciones del ascenso de China son de suma importancia. China no es un vasallo de Estados Unidos, como Japón o Taiwán, ni tampoco es una mera ciudad-Estado como Hong Kong y Singapur. Aunque el alcance de su poderío militar palidece en comparación con el de Estados Unidos, y aunque el crecimiento de sus industrias todavía depende de las exportaciones al mercado estadounidense, la vinculación de la riqueza y el poder estadounidenses a la importación de artículos chinos baratos y a las compras chinas de bonos del Tesoro estadounidense ha relegado cada vez más a Estados Unidos como principal fuerza impulsora de la expansión comercial y económica de Asia oriental y otros lugares.

La tesis genérica planteada en este libro es que el fracaso del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el éxito del desarrollo económico chino, tomados conjuntamente, han hecho más probable que nunca en los casi dos siglos y medio que han pasado desde la publicación de La riqueza de las naciones la materialización de la previsión de Adam Smith de una sociedad de mercado a escala mundial basada en una mayor igualdad entre las civilizaciones del mundo.

El libro se divide en cuatro partes, una de ellas principalmente teórica y las otras tres principalmente empíricas. En los capítulos de la Primera Parte expongo las bases teóricas de la investigación. Comienzo repasando el reciente descubrimiento de la importancia de la teoría del desarrollo económico de Adam Smith para una comprensión de lo que Pomeranz ha llamado la Gran Divergencia. A continuación reconstruyo la teoría de Smith comparándola con las teorías del desarrollo capitalista de Marx y de Schumpeter. Mis principales tesis en esa Primera Parte son, en primer lugar, que Smith nunca defendió ni teorizó el desarrollo capitalista, y en segundo lugar que su teoría de los mercados como instrumentos de gobierno es especialmente relevante para una comprensión de las economías de mercado no capitalistas, como lo era China antes de su incorporación subordinada al sistema globalizante europeo de Estados y podría volver a serlo en el siglo XXI en condiciones nacionales e histórico-mundiales totalmente diferentes.

En los capítulos de la Segunda Parte empleo la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte para analizar la turbulencia global que precedió y motivó la adopción por el gobierno estadounidense del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano y el ascenso económico de China. Sitúo los orígenes de esa turbulencia en la sobreacumulación de capital en un contexto global configurado por la rebelión frente a Occidente y otros levantamientos revolucionarios durante la primera mitad del siglo XX. El resultado fue una profunda crisis de la hegemonía estadounidense a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, que califico como «crisis-señal» de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos respondió a esa crisis en la década de 1980 compitiendo agresivamente por el capital en los mercados financieros globales y con una importante escalada de la carrera armamentística con la URSS. Aunque esa respuesta logró reavivar la fortuna política y económica de Estados Unidos más allá de las expectativas más optimistas de sus promotores, también tuvo la consecuencia imprevista de agravar la turbulencia de la economía política global y de hacer depender aún más el poder y la riqueza nacional de Estados Unidos de los ahorros, el capital y el crédito de los inversores y gobiernos extranjeros.

En la Tercera Parte analizo la adopción por el gobierno de Bush del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano como respuesta a esas consecuencias imprevistas de la política estadounidense anterior. Tras analizar la debacle del Proyecto, replanteo su adopción y fracaso en la perspectiva smithiana ampliada expuesta en la Primera Parte y reelaborada en la Segunda. Argumentaré que la aventura iraquí ha confirmado hasta el empacho el veredicto anterior de la guerra de Vietnam, esto es, que la superioridad militar occidental ha alcanzado su límite y muestra una fuerte tendencia a implosionar. Además, los veredictos de Vietnam y de Iraq parecen complementarse mutuamente. Mientras que la derrota en Vietnam indujo a Estados Unidos a reintegrar a China en la política mundial para contener los daños y perjuicios políticos de la derrota militar, el resultado de la debacle iraquí puede muy bien marcar el surgimiento de China como auténtico vencedor de la guerra estadounidense contra el Terror.

En la Cuarta Parte analizo específicamente la dinámica del ascenso chino. Tras señalar las dificultades que afronta Estados Unidos en su intento de volver a meter al genio de la expansión económica china en la botella del dominio estadounidense, insisto en que los intentos de prever el futuro comportamiento de China frente a Estados Unidos, sus vecinos y el mundo en general a partir de la experiencia pasada del sistema occidental de Estados son fundamentalmente erróneos, ya que la expansión global del sistema occidental ha transformado su modo de funcionamiento, haciendo irrelevante gran parte de su experiencia anterior para entender las transformaciones actuales. Además, a medida que la relevancia del legado histórico del sistema de Estados occidental iba disminuyendo, la relevancia del anterior sistema centrado en China iba aumentando. Hasta donde podemos decir, la nueva era asiática, si efectivamente se materializa, será portadora de una hibridación fundamental de esos dos legados.

El epílogo con que concluye el libro resume las razones por las que los intentos estadounidenses de revertir el aumento de poder del Sur han tenido un efecto bumerán. Han precipitado lo que denomino la «crisis terminal» de la hegemonía estadounidense, y han creado condiciones más favorables que nunca para el establecimiento del tipo de comunidad de civilizaciones que preconizaba Adam Smith. Pero ese resultado no está asegurado; el dominio estadounidense puede reproducirse con formas más sutiles que en el pasado, y sobre todo, un largo período de aumento de la violencia y caos sin fin a escala mundial sigue siendo una posibilidad real. Qué orden o desorden mundial se materialice finalmente depende en gran medida de la capacidad de los países más poblados del Sur, en primer lugar y ante todo China y la India, de abrir para sí mismos y para el mundo una vía de desarrollo más igualitaria socialmente y más sostenible ecológicamente que la que propició la fortuna de Occidente.

Portafolio




EL DILEMA CHINO SEGUN GIOVANNI ARRIGHI

escrito por Montserrat Galcerán

El libro de G. Arrighi, Adan Smith en Pekín (Madrid, Akal, 2007), recientemente publicado en las versiones inglesa y castellana, está destinado, sin lugar a dudas, a convertirse en uno de los textos básicos para enjuiciar la actual coyuntura socio-económica mundial, marcada por el declive simultáneo de la hegemonía americana y el ascenso de China.

En este marco conceptual el autor define la cuestión central del s. XXI con las siguientes palabras: “si, y en qué condiciones, el ascenso chino, con todas sus deficiencias y probables reveses futuros, puede considerarse un presagio de esa mayor igualdad y mutuo respeto entre los pueblos europeos y no europeos, que Adam Smith preveía y propugnaba hace 230 años” (p. 393).

Esta doble referencia al proceso chino y a A. Smith, presente en el propio título del libro, nos indica que el análisis se desarrolla en dos líneas esenciales: una, estudiar las transformaciones económicas en China, no como prueba de la capacidad de arrastre del credo neo-liberal, sino más bien como resultado de prácticas de economía mercantil que se remontan a tiempos antiguos, y que permitieron que aquel país mantuviera durante siglos lo que el autor denomina “equilibrio económico de alto nivel”, de tal modo que, si ya el desarrollo tradicional de China parecía demostrar la discrepancia entre los procesos de formación del mercado y los del desarrollo capitalista, la hibridación actual entre una economía intensiva en trabajo y la preponderancia de la producción para el mercado internacional –clave en su resurgimiento-, abriría la vía a un proceso alternativo al estilo (capitalista) americano de vida.

Como segunda línea el autor propone una reinterpretación del legado económico de Adam Smith, en una clave que permite distinguir dos vías de desarrollo socio-económico: la revolución industrial de Occidente que, unida a un mercado capitalista, dió lugar al desarrollo capitalista clásico teorizado por Marx, y la vía “industriosa” (la terminología es de K.Sugihara) que, unida a un mercado no capitalista, propició el desarrollo “natural” de Oriente. O dicho de otra manera, un desarrollo que explota las potencialidades de crecimiento del mercado y profundiza la división social del trabajo, pero no altera sustancialmente el entorno como sería el modelo oriental, a diferencia de otro que, centrándose en el comercio a larga distancia y en la producción para la exportación, lo destruye, como ocurre en el modelo occidental clásico. La existencia de esa otra vía refuerza la tesis anteriormente expuesta, de que en China se está dando un desarrollo alternativo, el cual, si este país llegara a ocupar una posición hegemónica mundial dado el declive de la hegemonía americana, podría suponer un profundo cambio en las relaciones geopolíticas globales. La argumentación teórica sobre las dos vías de desarrollo del mercado apuntala teóricamente esa conclusión.

Porque el declive americano constituye la contra-imagen del ascenso de China; de hecho es el contrapunto del tema principal, al que el autor dedica una parte sustanciosa de la obra. Al hilo de la discusión, por una parte con R. Brenner y de otra con D. Harvey, argumenta que la depresión económica de los años 70 del pasado siglo, marcada por la contracción de los beneficios empresariales, fue profundizada por la resistencia de los trabajadores a cargar con el peso de la crisis, y por el declive de la hegemonía americana a partir de la derrota de Vietnam. Por tanto en su interpretación no se trata tanto, o no se trata sólo, de los efectos de la competencia inter-capitalista, como había subrayado Brenner, cuanto de que esta competencia, así como las luchas anteriormente mencionadas entre capital y trabajo, se inscriben en una dinámica geopolítica que les imprime su sello: el declive de la hegemonía americana. “Interpreto la crisis de rentabilidad como un aspecto de una crisis de hegemonía más amplia” (p. 172), a la que define como aquella “situación en la que el Estado hegemónico vigente carece de los medios o de la voluntad para seguir impulsando el sistema interestatal en una dirección que sea ampliamente percibida como favorable, no sólo para su propio poder sino para el poder colectivo de los grupos dominantes del sistema” (p. 160).

En una situación de ese tipo, el centro declinante –ni que decir tiene que Arrighi inscribe su análisis en la teoría más amplia de los ciclos económicos del sistema-mundo, desarrollada entre otros textos en su conocida obra El largo siglo XX- en una situación de ese tipo, decía, el centro declinante puede intentar mantener una “dominación sin hegemonía” arrastrando a los otros agentes del sistema mundial a confrontaciones bélicas de desigual resultado e, inclusive, despeñándose en un abismo sin fondo como parece ser la guerra en Irak. Para Arrighi la estrategia seguida por Bush tras el 11 de septiembre es más que una muestra del intento por reconfigurar la maltrecha hegemonía americana: “El objetivo de la guerra contra el terror no era únicamente capturar terroristas, sino reconfigurar la geografía política de Asia occidental con el objetivo de iniciar un nuevo siglo americano”; en este marco “la invasión de Irak…pretendía ser una primera operación táctica en una estrategia a largo plazo destinada…a establecer el control estadounidense sobre el grifo global del petróleo y, por lo tanto, sobre la economía global durante otros cincuenta años o más” (p 194 y 202). A pesar del caos en Irak e incluso de la aventura en Líbano en el verano de 2005, esta estrategia no ha cosechado más que fracasos, como demuestra el descenso continuado del dólar profundizado por la crisis financiera del verano de 2007, que marca el hundimiento del proyecto imperial neoconservador americano.

Hasta aquí las tesis de Arrighi son tremendamente coherentes, al menos en su trazado general. Quedan sin embargo algunos puntos oscuros: el primero es la extraordinaria importancia concedida a los “agentes políticos”, especialmente los Estados, como actores históricos y económicos, hasta el punto de que la distinción entre “sociedad de mercado” y “sociedad capitalista de mercado” reposa en que el Estado actúe o no actúe como un poder sometido al interés capitalista de clase, o sea al incremento de la acumulación. Según afirma textualmente: “el carácter capitalista del desarrollo basado en el mercado […] está determinado […] por la relación del poder del Estado con el capital. Se pueden añadir tantos capitalistas como se quiera a una economía de mercado, pero a menos que el Estado se subordine a su interés de clase, la economía de mercado sigue siendo no-capitalista” (p. 345).

¿Qué define el interés de clase que, incorporado por el Estado, asegura el carácter capitalista de la sociedad de mercado? El autor no lo define aunque, por el contexto, podemos adivinar que, en tanto el proceso de intercambio mercantil no se subordine a los mecanismos de acumulación y en especial de “acumulación por desposesión” (la terminología es de D. Harvey) generando un proceso sin fin de acumulación por la acumulación, sino que siga atendiendo a las necesidades de mejora económica y social de las poblaciones asentadas en el territorio, ese proceso no sucumbirá a aquella fatal deriva.

Por esta razón puede afirmar que “el ascenso económico de Asia”, en especial si ese ascenso puede proseguir de modo pacífico, garantiza por sí mismo un aumento de la igualdad en el mundo –al menos de la igualdad entre naciones y/o entre regiones del mundo, si no entre individuos o entre clases– y puede propiciar un nuevo Bandung, o sea un nuevo reparto de poder e influencia entre el Norte y el Sur global. La ausencia, sin embargo, de cualquier perspectiva que evalúe las diferencias internas –de clase, de género, de raza,- y el exagerado protagonismo de los agentes político-estatales, no permiten matizar, siquiera sea someramente, aquella afirmación.

El segundo punto oscuro surge al sugerir una distinción entre el interés del capital global del Norte –ocupado cada vez más en amplias operaciones financieras que elevan la rentabilidad pero generan efectos altamente depredadores- y el interés de la potencia hegemónica, USA, cuyo intento por reconfigurar un “poder imperial” ha fracasado irremisiblemente. Esta distancia entre un capital financiero altamente móvil y las dificultades del centro hegemónico para imponer políticas a escala global que le sean favorables, marcaría todavía más el declive de la primera potencia del mundo que, si bien sigue siéndolo a nivel militar, está –cosa curiosa– más endeudada que ninguna otra, siendo sus acreedores –cosa doblemente curiosa– los Estados y agentes empresariales emergentes del Asia oriental. Es decir que mientras el capital financiero propiamente capitalista –el del Norte- se lanza a operaciones de alto riesgo, surgen poderes financieros sustentados en los enormes superávits de los países emergentes, especialmente los chinos.

Esta circunstancia contribuye a mantener las opciones tremendamente abiertas: difícilmente un Estado tan endeudado como la actual USA logrará construir un New deal a escala global –punto en el que Arrighi disiente de su amigo D. Harvey– pero, por eso mismo, no parece previsible que pueda prolongar su dominación, desprovista de hegemonía.

¿Cuáles podrían ser los agentes que precipitaran la situación? Por lo dicho anteriormente no parece que el autor confíe demasiado en los movimientos sociales cuyas luchas entiende siempre como luchas defensivas incluso si, en el mejor de los casos, logran forzar a las élites dirigentes a introducir cambios que respeten sus intereses. ¿Pero cabe esperar que las élites de los centros emergentes y especialmente las élites chinas serán tan perspicaces de escapar a las añagazas de la política exterior americana y preparar para su pueblo –y por extensión para la Humanidad en su conjunto- ese estado de mayor igualdad y cooperación? ¿Podemos confiar en que un nuevo orden mundial, centrado en China, termine, o al menos debilite, los enfrentamientos militares entre las potencias? Y en tanto que sujetos europeos occidentales ¿nos cabe luchar por ello?

Arrighi no ofrece una respuesta concluyente. El final del libro deja abiertas varias posibilidades, dibujando sólo una alternativa entre una opción catastrófica en el caso de que China siguiera la pauta (capitalista) estadounidense y la otra, relativamente más tranquilizadora, si la abandonara. La apuesta del autor se inclina claramente por la segunda, aunque con cautela: “Si la reorientación consigue revitalizar y consolidar las tradiciones chinas de desarrollo autocentrado basado en el mercado, acumulación sin desposesión, movilización de los recursos humanos más que de los no-humanos y gobierno mediante la participación de las masas en la toma de decisiones, entonces es probable que China esté en condiciones de contribuir decisivamente al surgimiento de una comunidad de civilizaciones auténticamente respetuosa hacia las diferencias culturales; pero si la reorientación fracasa, China puede muy bien convertirse en un nuevo foco de caos social y político que facilite los intentos del Norte por restablecer un dominio global que se desmorona o …ayude a la Humanidad a arder en los horrores ( o las glorias) de la creciente violencia que acompaña la liquidación del orden mundial de la Guerra Fría” (p. 403).

A pesar de no estar cerrada, la opción del autor parece ser clara: el futuro del s. XXI no se juega en los movimientos europeos, ni siquiera en Latinoamérica –a pesar de su claro protagonismo- ni en Oriente próximo, con todo su caos y violencia, sino en el ascenso de ese nuevo centro de la economía-mundo: el mercado asiático y en especial el chino, con su poder para crear en torno suyo una nueva economía global.

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4 comentarios:

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