1 de agosto de 2008

COLOMBIA: EL LADO OCULTO Y SUBJETIVO DEL SECUESTRO



El amor murió en la selva

El drama del secuestro se añade muchas veces el final de la relación de pareja de las víctimas - El trauma cambia los roles - La soledad y los chismes agrandan la brecha


"Se llevaron a un hombre y me devolvieron otro", afirmó, con un deje de dolor, Lucy de Géchen, el día que anunció el divorcio de su esposo Jorge Eduardo. Habían pasado apenas cuatro meses desde que él, con 20 kilos menos, encanecido y con aspecto de tener muchos años más de los que realmente tenía, había recuperado la libertad después de seis años de permanecer secuestrado por la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). "Se enamoró de otra", agregó sentida Lucy, como si recordara el largo tiempo que esperó a su hombre.

No es un caso aislado. Los secuestros, todos ellos, causan un efecto emocional enorme. Tan grande, que los sentimientos cambian. Y se transforman en el que está allá, aislado, humillado y en el que se queda soñando en el abrazo de bienvenida. El 48% de las parejas acepta que la dolorosa experiencia ha golpeado sus relaciones, aseguran en País Libre, fundación que trata de descifrar las más profundas huellas que deja el secuestro que en Colombia prolifera con las FARC, el narcotráfico y la delincuencia común. Lo dijo Jorge Eduardo Géchen en comunicado público: "Nuestra separación es una de las secuelas que nos han dejado esos seis años de profundo sufrimiento".

En Colombia, para nadie pasó inadvertida la frialdad, la indiferencia con que Ingrid Betancourt saludó a Juan Carlos Lecompte, su segundo esposo, al llegar a Bogotá tras su rescate el pasado 2 de julio. Ella viajó un día después a París; él se quedó en Bogotá. Para frenar los rumores y las conjeturas, Lecompte dio la cara. En una entrevista con el diario El Tiempo abrió su alma. "Esperaba un abrazo fuerte", dijo. "El amor por mí pudo habérsele acabado en la selva". Y aseguró que los chismes sobre las supuestas relaciones que él tuvo, pudieron llevar a este frío encuentro.

La directora de País Libre, Olga Lucía Gómez, explica gráficamente lo que ocurre. "Es una película de vídeo; alguien da al pause, la detiene y se mete en otro mundo. En el momento de regresar desea que al pulsar de nuevo el pause siga rodando la misma película; pero resulta que ya no es la misma". Igual proceso viven las familias. "Volver a combinar ese cúmulo de vivencias y sentimientos, ponerlos en una sola vía, es un tema muy complejo", asegura esta psicóloga.

Los chismes sobre lo que ocurre aquí y allá, figuran en la lista de los factores que inciden para que el anhelado reencuentro no funcione. Hay más. En las interminables horas de soledad hay tiempo para revisar, para evaluar cada expresión de la relación. A veces esa reevaluación no coincide. Y está el cambio de roles. El hombre vuelve y encuentra a su mujer -antes tímida, dependiente-, convertida en hábil negociante, desenvuelta en escenarios públicos pues asumió, en su ausencia, la bandera contra el secuestro, el manejo del dinero...

El choque se produce también con los hijos. El de uno de los que aún permanece en la selva confesó hace poco: "No sé si voy a aceptar que mi papá me regañe cuando regrese". Se lo llevaron cuando él era un colegial de nueve años. Hoy es un aventajado universitario. Pero para otros el impacto resulta aún mayor: regresan y un niño al que jamás han visto, se les cuelga al cuello y los llama papá. Sus mujeres estaban embarazadas cuando a ellos les partieron en dos la vida.

Clara Rojas, secuestrada con Ingrid Betancourt a comienzos de 2002, asegura que retomar el hilo de la "novela en pausa", es más fácil para el secuestrado. "Las familias cambian pero están en el mismo ambiente. Sin embargo, uno tuvo una vivencia totalmente diferente, difícil de explicar y lograr que, con la óptica de aquí, se entienda".

Su experiencia fue especialmente dramática. A los dos años de estar allá supo que estaba embarazada de un guerrillero. Siempre había querido ser madre. En ese momento tenía 40 años y pensé: '¿Qué tal que después no se me presente la oportunidad?'. Por eso no me planteé como opción abortar; decidí pelear por mi hijo", cuenta mientras acaricia la pulsera llena de figuras de vírgenes, que le regaló hace poco uno de sus hermanos. Y fue una decisión difícil de explicar a quienes compartían con ella una cárcel alambrada en medio de la selva. "Sobre todo los hombres estaban inquietos, muy preocupados. Yo les dije: 'Como ninguno de ustedes es el papá, tranquilos, no es problema de ustedes'. Y tomé el control de mi situación".

Hoy Clara, como dice ella misma, "se está reinventando". Se dedica a escribir un libro sobre su dura experiencia. El resto del tiempo lo dedica a consentir al amor que nació allá. Emmanuel de cuatro años, ojos grandes, negros y un flequillo lacio sobre su frente. "Uno cambia, se vuelve más práctico, menos apasionado. Me pregunto, entre otras cosas, si tendré la capacidad de volverme a enamorar...". Lo dice como si pesara cada palabra, en medio de una tímida sonrisa. Trata de hablar lo mínimo. Cree que es la manera de "cicatrizar heridas".

"En el secuestro se tiene que construir otra vida. Tiene que tener algún sentido, algún significado lo que se hace allá", afirma, enfática, Olga Lucía Gómez. Mientras fuma, cuenta que muchos encapsulan los sentimientos, los bloquean -"si piensan mucho en su familia se debilitan"-, y concentran toda su energía en sobrevivir, en enfrentar el presente. "En las experiencias límite si no canalizan los sentimientos de amor hacia algo o alguien hay menos posibilidad de vivir...".

Y ese amor se canaliza, a veces, hacia un compañero de pesadilla. Una ex secuestrada confesó a este periódico que tuvo opciones de enredarse con rehenes como ella, pero las desechó. "Todos eran hombres casados y una no sabía si realmente harían esfuerzos por cambiar su vida cuando regresaran". Ella no quería sumar otro dolor a su calvario. Hoy se alegra. Algunos de sus compañeros "no visualizaron la encrucijada que les esperaba al recobrar la libertad y hoy sufren ante un nuevo dilema".

Esos amores que nacen en medio del secuestro, casi nunca sobreviven. Perduran fuertes lazos de lealtad, se desdibuja el enamoramiento. Dary Lucía Nieto, psicóloga de País Libre, habla de otras relaciones que se dan en el marco de la supervivencia, que son difíciles de curar. Las de afecto, de agradecimiento, por los captores que tuvieron mínimos gestos de humanidad. Una mujer, cuenta, lloraba y extrañaba al guerrillero que, en medio de las marchas eternas por la selva, se la echaba al hombro cuando ella tenía los pies llenos de ampollas.

El tiempo de separación impuesto por el secuestro a las parejas se convierte en una suerte de interinidad afectiva, injusta de lado y lado. Las esposas de los 11 diputados asesinados por las FARC tras seis años de cautiverio, varias jóvenes y hermosas, pintaban así su condición durante ese largo tiempo de espera: "No somos ni viudas, ni separadas, ni casadas...". Muchos ojos están pendientes de los movimientos de quien se queda. Las censuras llueven con el más inocente gesto de coquetería con el sexo opuesto. Hay suegras que se convierten en vigilantes de la fidelidad de sus yernos y nueras; piensan que siguen su vida demasiado a su aire.

Pero también hay secuestrados que no tienen opción de intentar el reencuentro. Uno de los 11 soldados que regresó a la vida junto con Ingrid Betancourt, encontró que su mujer ya tenía hogar con otro... Y le ocurrió también al hoy ex canciller Fernando Araujo, al que se llevaron cuando estaba estrenando segundo matrimonio con una mujer bastante menor. Al poco tiempo empezó a extrañar los mensajes radiales de ella -en Colombia hay programas dedicados a enviar mensajes a secuestrados- , preguntó a sus captores buscando respuestas al silencio. Pero sólo cuando regresó seis años después confirmó lo que se había negado a aceptar: ella era feliz al lado de su nuevo esposo y su pequeño hijo. Hoy el ex canciller también reencontró el amor. Como dice Olga Lucía Gómez, el secuestro, que se vive y se asimila luego, de diferente manera, a veces se puede olvidar, pero siempre deja huellas.

El País.com


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