1 de agosto de 2008

DESAFIOS Y DILEMAS DEL INTELECTUAL PUBLICO



Walden Bello (Sin Permiso)


La verdad no está ahí, sin más, se hace real y se ratifica con la acción, pero aunque para realizarla y llevar a cabo un orden más justo hace falta poder, no se puede permitir que la verdad sea destruida por el poder durante el proceso. Este es el papel del intelectual público: señalar verdades que no son convenientes desde el propio punto de vista político. Extractos del discurso de aceptación del Outstanding Public Scholar Award Panel, International Studies Association, 49th Annual Convention, San Francisco, California, 27 de Marzo, 2008. El reputado científico social filipino Walden Bello ha sido el segundo receptor del premio, después de Susan George en 2007. Los miembros del jurado que premió a Bello fueron el Dr. Richard Falk, profesor emérito en la Princeton University; la Dra. Robin Broad, profesora de la American University, y el Dr.Barry Gills, profesor de la Universidad de Newcastle.

Me gustaría, antes que nada, decir que estoy muy agradecido a la Sección de Economía Política Internacional de la Asociación de Estudios Internacionales por la concesión de este premio. Me siento muy, muy honrado por los generosos comentarios de Barry [Gills], Robin [Broad], Richard [Falk] y Susan [George]. Es verdaderamente un honor estar en compañía de Susan, la primera persona que recibió este premio. Déjenme tan solo decir, especialmente en comparación con Susan, que no estoy muy seguro de ser la persona más apropiada para ser nombrada ISA's Outstanding Public Scholar [Académico destacado con vocación pública] del 2008, aunque creo que me considero como un intelectual público o, como dicen los franceses, un intelectual comprometido, o sea, que combina el análisis y la acción, o por lo menos, lo intenta.

Barry me ha pedido que hablara de las lecciones que he aprendido durante mi trabajo como intelectual público. No es cosa fácil, porque, aunque mis opiniones sobre las cosas son muy públicas, no estoy acostumbrado a hablar en público sobre mi propia vida. Al reflexionar, la pasada noche, sobre la tarea que Barry me ha asignado, diría que las lecciones clave que he aprendido son tres:

- La primera es que las verdades sólo se convierten en verdad por la acción.

- La segunda es que para llegar a la verdad, a veces hay que hacer uso de métodos de investigación poco ortodoxos.

- Y la tercera es que hay que aceptar que existe una tensión permanente e inevitable entre teoría y práctica, entre pensamiento y acción, entre verdad y poder, y que darse uno a entender que esa tensión es eliminable es una de las peores ilusiones en que puede caer el intelectual público.

Las Verdades solo se convierten en Verdad por la Acción. Tomemos la primera, a saber: que las verdades necesitan de la acción para convertirse en verdad. Esto quizás lo vi claro decisivamente con los acontecimientos de Seattle, a fines de Noviembre y principios de Diciembre de 1999. En la década anterior a Seattle había cantidad de estudios, incluyendo informes de la ONU, que cuestionaban el supuesto de que la globalización y las políticas de libre mercado llevaban al crecimiento sostenible y a la prosperidad. Los datos mostraban, en efecto, que la globalización y las políticas de mercado estaban promoviendo más desigualdad y más pobreza y consolidaban el estancamiento económico, especialmente en el Sur global.

Sin embargo, estos datos fácticos no eran sino "factoides", pseudohechos, a ojos de los académicos, la prensa y los agentes políticos, los cuales repetían una y otra vez el obligado mantra neoliberal, conforme al cual la liberalización económica promueve el crecimiento y la prosperidad. El punto de vista ortodoxo, reiterado hasta la náusea en aulas, medios de comunicación y círculos políticos era que los críticos de la globalización eran o Luditas o creyentes en un mundo plano, según displicentemente nos calificara Thomas Friedman. Después siguieron las masivas manifestaciones anti-globalización de Seattle, que llevaron al colapso de la tercera reunión de ministros de la Organización Mundial del Comercio. Lo que allí colapsó no fue sólo una renión, sino todo un credo tenido hasta entonces por indisputablemente cierto. Después de Seattle, la prensa empezó a hablar del "lado oscuro de la globalización", de las desigualdades y la pobreza creadas por la globalización. A continuación vinieron las espectaculares defecciones en campo globalista, como las del financiero George Soros, el premio Nóbel Joseph Stiglitz o el economista estrella Jeffery Sachs. Y luego ya, los descubrimientos ampliamente divulgados hace año y medio por dos fuentes independientes: un estudio del Profesor Robin Broad, de la American University, publicado en la Review of International Political Economy, y un informe de un panel de economistas neoclásicos encabezados por Angus Deaton, de Princeton, y Ken Rogoff, antiguo economista en jefe del FMI; de acuerdo con ellos, el Departamento de Investigación del Banco Mundial, la fuente de la mayor parte de afirmaciones de que la globalización y la liberalización del comercio llevaban a menores tasas de pobreza y a un decremento de la desigualdad, habían distorsionado deliberadamente sus datos y habían hecho afirmaciones injustificadas.

Actualmente, la carga de la prueba corresponde a los partidarios de la globalización y de la liberalización dirigidas por las corporaciones granempresariales. ¿Cuál es la diferencia? No tanto la investigación o el debate, sino la acción. Fueron necesarias las acciones militantes anti-globalización de masas de gente y el colapso espectacular de la reunión ministerial de la OMC para convertir los "factoides" en hechos de pleno derecho, en verdades. La verdad no está ahí, sin más. La verdad se colma, se hace real y se ratifica con y por la acción. Como el viaje de Colón en relación con la teoría de la tierra esférica, Seattle fue un acontecimiento histórico mundial que hizo la verdad "verdadera". (Ya sé que utilizar a Colón no es políticamente correcto, pero tendrán que perdonarme porque no he sido capaz de hallar una analogía mejor.)

Métodos heterodoxos La segunda lección recibida en mi condición de académico público y de la que me gustaría hablar tiene que ver con los métodos de investigación. Una de las conclusiones a las que he llegado es que, a menudo, cuando se trata de analizar asuntos realmente importantes, nuestros métodos normales de investigación en ciencias sociales, como el análisis cualitativo o el análisis cuantitativo, no son aplicables. No funcionan, porque con frecuencia anda el poder de por medio, y los poderosos no quieren que las cosas sean transparentes. Esto me resultó transparente cuando tuve que estudiar el Banco Mundial. Permítanme remontarme a 1975 –historia antigua, para muchos de ustedes– recién terminado mi doctorado en Princeton. En aquella época no tenía intención de seguir una carrera académica. Tenía muy claro entonces cual era mi trabajo: derrocar la dictadura de Marcos.

Pasé a formar parte de una red internacional conectada con la clandestinidad filipina y me convertí en activista a tiempo completo. Fui a Washington y ayudé a establecer una oficina cuya función era ejercer presión sobre el Congreso USA para acabar con la ayuda al régimen de Marcos. Nos dimos cuenta muy pronto de que para desarrollar un trabajo eficaz teníamos que tener en cuenta todos los aspectos del apoyo de los EEUU al dictador. Por ejemplo, la mayor parte de la ayuda estadounidense a Marcos se canalizaba a través de instituciones multilaterales como el Banco Mundial, y el problema era que la falta de transparencia de esta institución impedía obtener información alguna sobre los programas del Banco. La única información que conseguimos fueron notas de prensa asépticas. Estaba claro que para mostrar lo que el Banco hacía y exponerlo, la única manera era obtener los documentos desde dentro del mismo Banco. Empezamos formando poco a poco una red de informadores dentro del Banco. Eran conocidos, liberales de izquierda conscientes. Nuestro trabajo formaba parte del proceso de construcción de lo que fue efectivamente una red de contrainteligencia, no ya dentro del Banco, sino también dentro del Departamento de Estado y de otras agencias del gobierno USA. Esta gente empezó a traernos ocasionalmente algunos documentos, pero era un proceso tedioso, aunque necesario.

La información no era suficiente, por lo que pensamos que era necesario recurrir a métodos más radicales. Así pues, mis socios y yo nos pusimos a indagar las pautas de conducta de los empleados del Banco, y nos dimos cuenta de que había períodos del año en que allí no había nadie: el Día de Acción de Gracias, la Navidad, el Año Nuevo, el 4 de Julio, el Memorial Day, etc. En estos días, y por un período de tres años, fuimos al Banco simulando que volvíamos de una misión, flojas y desanudadas las corbatas: acabábamos de llegar de África, de la India, de donde fuere. Los agentes de seguridad nos pedían invariablemente nuestros documentos de identidad, y cuando simulábamos buscarlos aturulladamente y con tan fatigada apariencia, venía el esperado: "Está bien, está bien; pasen". Siempre funcionaba. Como pueden imaginarse, entonces la seguridad era bastante laxa. Una vez dentro, éramos como niños extraviados en un almacén de caramelos. Recogíamos todos los documentos que podíamos, no solamente referidos a Filipinas, y los fotocopiábamos utilizando el equipamiento del propio Banco. ¡Y esto durante tres años! Los documentos – unas 3.000 páginas referidas a prácticamente todos los proyectos y programas sostenidos por el Banco en mi país – ofrecían una visión inigualable del modo en que funcionaba una estrecha relación entre dos instituciones autoritarias y opacas: el Banco Mundial y el régimen de Marcos.

Para empezar, organizamos conferencias de prensa para exponer los documentos, uno por uno, y para embarazo de ambos, del Banco Mundial y del régimen de Marcos; y luego, en 1982, sacamos el libro titulado Desarrollo y Debacle: el Banco Mundial en Filipinas, uno de cuyos autores era Robin Broad. Según muchas personas, esta publicación contribuyó a desenmascarar al régimen de Marcos. Me gustaría que tuvieran razón. Respecto de lo que aprendí..., pues eso: que los métodos ortodoxos o convencionales tienen sus limitaciones, que para llevar a cabo una investigación realmente eficaz, a veces hay que quebrantar la ley. Además, durante el proceso hay que ser terriblemente profesional. Pero tuvimos mucho cuidado al embarcarnos en ello, y no pudimos contar la historia real de cómo obtuvimos los documentos hasta pasados 10 años (1992), cuando lo que se llamaba la ley de prescripción para el procesamiento penal en EEUU nos lo permitió. Mis asociados y yo habríamos podido pasar 25 años en la cárcel, si nos hubieran pillado entrando en el Banco. A propósito: Robin me ha pedido que deje claro aquí que ella no estaba entre las personas que fueron a 1818 H Street NW. En registro menos ligero, la decisión que tuvimos que tomar no fue fácil. Nunca es fácil decidir quebrantar la ley; no sólo por los castigos que eso trae consigo, sino porque todos estamos profundamente socializados para observar la ley. Pero nos dábamos cuenta de que no teníamos otra opción. Si no, la verdad habría sido enterrada por mucho, mucho tiempo.

Teoría y Práctica La tercera cosa de la que me gustaría hablar es de la tensión entre análisis y acción, entre verdad y política. Lidiar con esta relación no es fácil, ya que nuestro lado moral es muy exigente, sobretodo cuando se trata de enfrentarse con verdades desagradables. La primera vez que me encontré cogido entre exigencias incohonestables de verdad y de política fue cuando estaba haciendo mi tesis doctoral. En 1972 empecé la investigación para mi tesis doctoral sobre el tema de la organización política en los suburbios de Santiago, Chile, durante un período revolucionario. En aquellos momentos sentía una gran simpatía por el gobierno de Salvador Allende y su llamada "vía pacífica hacia el socialismo". De hecho, creo que este fue el momento en que me volví progresista.

Sin embargo, después de tres meses en los suburbios, me di cuenta cabal de que lo que el país estaba experimentando no era un revolución profunda, sino una contrarrevolución incipiente. La revolución de Allende estaba malherida. Llegado a este punto, me pareció que si debía hacer una investigación relevante, tanto política como intelectualmente, lo importante era estudiar la contrarrevolución. De modo que cambié el tema de mi tesis por el de la dinámica de la contrarrevolución, y acabé entrevistando a gente de clase media y de derechas que no podían entender que una persona de piel cobriza como yo hiciera preguntas como las que les estaba haciendo. A menudo, se mostraban francamente hostiles, y en dos ocasiones anduve a pique de ser golpeado. Algunos pensaban que era un agente cubano, y señalaban inquisitivamente el periódico de izquierdas que llevaba despreocupadamente conmigo junto con otros periódicos más conservadores. Cuando les decía que necesitaba seguir lo que pensaban en ambos lados, se reían sardónicamente y me declaraban un caso perdido.

A mediados de 1972, estaba claro que esta gente, muchos de ellos jóvenes afiliados a las juventudes del Partido Cristiano-Demócrata, controlaban las calles de Santiago, algo que me parecía similar a lo que había sucedido anteriormente en la Italia fascista y en la Alemania nazi. Luego terminé mi investigación y volví a Princeton, y después del golpe de Septiembre 1973 me comprometí en el trabajo solidario contra la dictadura de Pinochet. Por aquel entonces era a la vez un activista y un intelectual comprometido que intentaba comprender el conflicto de clases en tiempos de revolución. La tesis, titulada Las raíces y la Dinámica de la Revolución y la Contrarrevolución en Chile, acabó siendo una comparación del papel contrarrevolucionario de las clases medias en Chile en 1971-73 y en Italia y Alemania en los años 1920.

Haciendo esta tesis, dos verdades políticamente inconvenientes, parafraseando a Al Gore, se me hicieron muy evidentes. La primera: que, contrariamente a las explicaciones dominantes del golpe, que apuntaban al éxito de Pinochet como algo debido a la intervención de los EEUU y de la CIA, la contrarrevolución estaba ya en marcha antes de los esfuerzos de desestabilización de los EEUU; que fue en gran parte determinada por una dinámica de clases; y que las elites chilenas fueron capaces de conectar con sectores de la clase media aterrorizados por la perspectiva de que sectores pobres se alzaran con su programa de justicia e igualdad. En resumen, la intervención de los EEUU tuvo éxito porque estaba inserta en un proceso contrarrevolucionario en marcha. La desestabilización de la CIA fue solamente uno de los factores, pero no el decisivo. Esto era algo que, por aquel entonces, los progresistas no querían oír, porque lo que querían muchos de ellos era una simple imagen en blanco y negro, o sea, que el derrocamiento de Allende fue orquestado desde fuera por los Estado Unidos.

La segunda verdad relacionada, pero también políticamente inconveniente, que resultó de esta tesis fue el papel de la clase media. Tanto liberales de izquierda como progresistas suelen presentar a la clase media como aliada de la clase obrera y de las clases bajas en general, lo que supone una fuerza para la democratización. La tesis mostró que, contrariamente a esta asunción, las clases medias no constituyen necesariamente fuerzas para la democratización en los países en desarrollo. De hecho, cuando se moviliza a las clases pobres con un programa revolucionario, las clases medias pueden convertirse en una base de masas para la contrarrevolución, como en Alemania e Italia en la década de 1920, en que las clases medias proporcionaron los soldados de los movimientos nazis y fascistas. Pero a los progresistas realmente les cuesta mucho aceptar esta caracterización de la clase media, y parte de la razón subliminal es que ésta es la clase de la que con frecuencia ellos proceden.

De hecho, recientemente he tenido que establecer de nuevo mi posición en una crítica del best seller de Naomi Klein La Doctrina del Shock. Naomi es una gran escritora progresista y es una buena amiga, pero he tenido que señalar que su visión del derrocamiento de Allende como un producto de un complot entre los militares y los Chicago Boys, una alianza sin apoyo popular, es no solo simplista, sino equivocada. Habría sido como decir que el derrocamiento de Thaksin Shinawatra en Tailandia en Septiembre 2006 fue únicamente el producto de una conspiración entre los militares y algunos miembros del Consejo Privado Real, sin referencia ninguna al papel de las clases medias de Bangkok en la creación de las condiciones políticas para el golpe. Como las clases medias tailandesas en el caso de Thaksin, la clase media chilena fue un instrumento del derrocamiento de Allende. Es tarea del intelectual público señalar estas verdades-verdades inconvenientes para la política que uno defiende.

La tensión entre verdad y política se hace mayor cuando el intelectual público forma parte de una organización política. ¿Qué ocurre cuando las solicitaciones de la verdad y las de la organización empiezan a divergir? Este ha sido el mayor miedo de los intelectuales de izquierda, ya que, como he dicho antes, nuestro lado moral o político es muy exigente. Es grande la tentación de ignorar, racionalizar y defender abusos cometidos por nuestros correligionarios, en interés de la batalla más importante contra la derecha, contra la reacción y contra el imperialismo…. [Debido a un estudio que hice sobre violaciones de los derechos humanos por algunas organizaciones progresistas en Filipinas] yo mismo fui tachado de "contrarrevolucionario".

El hecho de que continuara considerando la hegemonía estadounidense y las políticas neoliberales como el principal obstáculo para el desarrollo económico y político de Filipinas, y de que siguiera luchando contra esos obstáculos, no contaba para nada. Era "objetivamente" un agente del imperialismo norteamericano. Pero me sentía en buena compañía, ya que una de las figuras que yo más he admirado, Nikolai Bujárin, también fue tratado como un agente "objetivo" de la Alemania nazi en los procesos de Moscú de 1937.

Mi experiencia no es única. Intelectuales comprometidos, en otras épocas y en otras circunstancias, se han encontrado con el mismo dilema al tener que decidir entre obedecer la línea marcada o romper con una organización o incluso con un movimiento. A menudo llegan a este punto cuando se dan cuenta de que, o bien deben permanecer en un movimiento, a pesar de sus abusos, porque sus fines valen la pena, o han de romper con él porque creen que el objetivo del cambio no puede divorciarse del proceso de su consecución. Es el momento de la verdad, el momento que deben finalmente decidir si ser fieles a la [organización] o permanecer fieles a su papel como intelectual comprometido. No es una elección fácil, y nunca se está seguro de haber tomado la decisión adecuada. Y desde luego, resulta verdaderamente difícil juzgar a quienes se han resuelto por la otra vía.

Se me permitirá resumir todo esto diciendo que el trabajo intelectual y el trabajo político son complementarios. Pero que están también en tensión entre sí. El desafío es vivir esa tensión, y desde mi punto de vista, una de las peores equivocaciones del intelectual comprometido es subordinar la verdad al poder creyendo que es el mejor camino hacia la justicia. Hace falta poder para realizar la verdad y conseguir un orden más justo, pero no se puede permitir que la verdad sea destruida por el poder durante el proceso. Lo que he hecho aquí, esta tarde, es ilustrar los desafíos y los dilemas a los que se enfrenta el académico con vocación pública a partir de mi propia experiencia. Como señalé antes, no estoy seguro al 100 por cien de haber tomado las decisiones apropiadas. Ciertamente, mis enemigos –que, por desgracia, no son pocos: desde el Banco Mundial y la OMC hasta los militares filipinos y…— juran que no, y no rinden la esperanza que de que sufra pronto el debido castigo por ello. A propósito: alguien dijo una vez –creo que fue Sartre– que una de las certidumbres del intelectual comprometido es que se crea más enemigos que amigos; yo quisiera añadir, por mi parte, que las pocas nuevas amistades que uno ha ido haciendo, como Hugo Chávez, Hamás y Hezbollah, son precisamente las que, según todos los cálculos, sirven para crearse todavía más enemigos. La demanda de académicos con vocación pública es en nuestros días grande, dados los problemas acumulados del cambio climático, la globalización, el caos financiero y la crisis universal de la democracia. Son tiempos en los que, por doquiera – en los Estados Unidos, en las Filipinas, en Tailandia, en China –, salta a la vista la imposibilidad de llevar a cabo una investigación ortodoxa, fundada en la cómoda distancia entre el observador y el objeto de estudio.

En la medida en que todos nos estamos volviendo más comprometidos, nos será útil recordar que el intelectual público se enfrenta a las múltiples y contradictorias tareas de marinar la verdad con el poder, diciéndole las verdades al poder y oponiéndole al poder la verdad. El desafío y el dilema al que debemos enfrentarnos es cómo cohonestar esas exigencias en conflicto. Permítanme aprovechar la ocasión para felicitar al ISA por instituir este premio tan importante. Representa el reconocimiento del camino que no pocos hemos tomado, un camino que no goza de la seguridad y de las recompensas de la vida académica, sino de todas las dificultades de una trayectoria política radical, pero que es tan fundamental para el interés publico como pueda serlo el trabajo del profesor y del analista. No creo haber sido mejor académico con vocación pública que otros. Lo que verdaderamente creo es que en un mundo lleno de contingencias simplemente he tenido más suerte, al haberme ahorrado situaciones realmente muy, muy difíciles y decisiones realmente muy, muy fuertes. Dedico este premio a los intelectuales públicos con menos suerte pero con más mérito.

Walden Bello es miembro del Transnational Institute, es profesor de sociología en la Universidad de las Filipinas, presidente de la Coalición por la Abolición de la Deuda Externa, y analista senior en Focus on the Global South.

Sin Permiso.com

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