26 de febrero de 2008

SOBRE EL DEBATE PS, MAPU, MIR, por J. Arrate





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Este artículo fue escrito en septiembre del 2002 y publicado originalmente en la Revista Rocinante. Aunque el contexto en que fue concebido era distinto (y ello puede sentirse en algún pasaje de su lectura), nos ha parecido interesante su reedición. Creemos que está pendiente un balance de lo que fue la “renovación socialista”. Arrate uno de los principales impulsores de este proceso vuelve con mirada crítica sobre este rico y desafiante proceso político-intelectual que marcó los años 70 y 80 del socialismo y la izquierda chilena. Agradecemos a su autor la autorización para su publicación en Avance.


1. La “renovación” postuló revitalizar (no reemplazar) el pensamiento socialista. Hoy ha devenido en coartada para todo uso.

2. Ocurre que al peso de una transición interminable pareciera sumarse el de una “renovación” sin límites. Entonces la derecha triunfa: armó la institucionalidad de la transición para desdibujar identidades (la propia incluida) y empujar a los actores hacia un centro de gelatina. En ese espacio, compartido y disputado, las ideas son prótesis intercambiables que encubren la inepcia para generar dinámicas transformadoras.

3. La “renovación” tuvo fases. Se gestó en los años setenta entre intelectuales e hizo camino en las dos vertientes del MAPU. En el Partido Socialista emergió en los debates autocríticos sobre la Unidad Popular y en discusiones sobre el marxismo-leninismo. En esa primera fase, influyó el debate comunista italiano marcado por el pensamiento de Gramsci. La “renovación” reexaminó el concepto de Estado, incorporó la categoría de “hegemonía” y revalorizó la democracia como espacio y límite de la acción política. Propuso una revisión del modelo de partido, planteó nuevos enfoques sobre la relación entre medios y fines y entre cultura y política, y explicitó una dura crítica al modelo comunista soviético. Hizo explosión en el Partido Socialista con la división de 1979, de fuerte impacto en el exilio. En los ochenta, la segunda fase, influyeron en la “renovación” las elaboraciones del socialismo europeo, la transición española y la “perestroika” gorbachoviana. La constitución de la “Convergencia Socialista” (socialistas “altamiranistas”, MAPU, MAPU OC e Izquierda Cristiana) fue un paso decisivo. Se inició entonces un diálogo serio con socialistas “almeydistas”, de fuerte presencia en Chile, y con otros grupos de izquierda.

A fines de los ochenta la “renovación” terminó de madurar, con la unidad socialista de 1989 y el Congreso Salvador Allende un año después. En ese momento se habían incorporado al Partido Socialista unificado casi todos los grupos del partido histórico, ambos MAPU, agrupaciones de ex miristas, comunistas discrepantes y, finalmente, la Izquierda Cristiana. Se había zanjado por un largo tiempo (se pensó entonces) el tema de la identidad partidaria. En lo básico los contenidos originarios de la “renovación” habían sido asumidos por toda la izquierda, salvo el Partido Comunista.

Lo que ocurrió después es otro capítulo. En la década de los noventa las principales diferencias teóricas y prácticas al interior del socialismo eran menores. La bandera de la “renovación” fue agitada como emblema tendencial interno o invocada para abrir camino a una etapa de “post renovación”, en la que hubo tendencias a ir más allá del impulso original.

La mejor recepción a las tendencias renovadoras tuvo lugar donde el marxismo-leninismo tenía una implantación débil, como en los dos MAPU, que habían transitado en breve plazo de concepciones socialistas comunitarias al marxismo-leninismo, pero sin consolidar esta definición.

Por su parte, el Partido Socialista había constituido en la década de los cuarenta un corpus teórico propio. La “Introducción” al Programa de 1947, elaborada por Eugenio González, es una pieza teórica única que concilia socialismo y libertad. Allende, por su parte, había sostenido desde los años cincuenta que las luchas populares en Chile debían librarse en el terreno de la democracia. De esta manera, en el Partido Socialista la “renovación” estuvo asociada a conceptos de algún modo presentes en el patrimonio partidario. Era renovación pero al mismo tiempo era rescate de una identidad propia y singular preexistente, era permanente referencia a la memoria. Se trataba de renovar una herencia, no de olvidarla.

4. La “renovación” no elaboró una reflexión crítica sobre el mercado, a pesar que el neoliberalismo y la economía “reaganiana” eran ya una corriente importante en el mundo y en el Chile de los “Chicago Boys”. Las críticas al neoliberalismo fueron acertadas, pero no dieron lugar a un debate teórico del que surgiera una doctrina y criterios de preeminencia ética de lo público sobre lo privado, del interés colectivo sobre el individual.

La “post renovación” de los noventa trajo consigo la consolidación del PPD pero, una vez más, no enfrentó explícitamente la relación entre democracia y mercado.

La pérdida de perfil de la izquierda en el debate político y cultural tiene relación directa con esta carencia. En el intertanto el mercado ha impuesto su lógica en diversos ámbitos sin que la izquierda concertacionista haya opuesto una armazón doctrinaria apta para dar batalla. Los esfuerzos realizados para construir un país más justo y menos mercantil habrían sido más eficaces de haber existido un marco teórico desde el cual enfrentar los embates de un mercado desmedido en sus aspiraciones de comando.

5. También la política ha sido intervenida por el mercado, mediante el disciplinamiento económico-comercial, el peso del dinero en las elecciones y el estímulo al individualismo. La participación, la fundante, la del sufragio, es hoy despreciada por un tercio de los ciudadanos y por un porcentaje impactante, muy mayoritario, de los más jóvenes.

Para enfrentar la apatía y la desesperanza de ese sector, ¿debe la izquierda desperfilarse crecientemente como pareciera proponerlo una nueva ola de “ultra renovación”? ¿Es apropiado desdramatizar que el gobierno sea, según el lenguaje en boga, de “centroizquierda” o de “centroderecha”? ¿Será recomendable promover privatizaciones que transfieran más poder económico, y político, a la derecha? Pareciera que no es ese el camino y que, al contrario, es hora de elaborar nuevas definiciones y precisar perfiles.

La democracia se funda en el supuesto de igualdad de las personas como sujetos políticos. El mercado considera a los sujetos económicos según su propia regla: cada uno pesa según cuánto dinero tiene. Conciliar los dos criterios requiere de un ejercicio social y muchas veces se deberá optar entre uno y otro, entre la idea democrática y la razón mercantil. Es en el amplio territorio de esta contradicción y no en la renuncia a su identidad donde el pensamiento socialista moderno encuentra hoy el espacio para revitalizarse.

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