16 de febrero de 2008

KOSOVO Y LA GUERRA DE LOS BALCANES, por N. Chomsky

El acuerdo de paz para Kosovo
10 de junio de 1999
Noam Chomsky


El 24 de marzo, las fuerzas aéreas de la OTAN encabezadas por Estados nidos comenzaron a golpear a la República Federal de Yugoslavia (RFY, Serbia y Montenegro), incluyendo a Kosovo, territorio al que la alianza reconoce como provincia de Serbia. El 3 de junio, la OTAN y Serbia lograron un Acuerdo de Paz. Estados Unidos se declaró victorioso tras haber concluido su "lucha de 10 semanas para obligar al señor Milosevic a gritar 'me rindo'", según reportó Blaine Harden en el diario The New York Times.
En vista de esto, sería innecesario emplear fuerzas terrestres para "limpiar Serbia" como recomendó Harden en un reportaje titulado "Cómo limpiar Serbia". La recomendación fue natural, a la luz de la historia de Estados Unidos, en la que ha sido dominante el tema de la limpieza étnica desde sus orígenes hasta estos días. Me refiero a logros celebrados en los nombres que se dan a los helicópteros militares de ataque y otras armas de destrucción.
Se requiere de un calificativo, sin embargo, el término "limpieza étnica" no es, en realidad, el apropiado. Las operaciones de limpieza de Estados Unidos han sido ecuménicas; el caso de Indochina y América Central son dos ejemplos recientes.
Desde su primer planteamiento, el bombardeo fue concebido como un asunto de
significado cósmico, una prueba del Nuevo Humanismo, en el que los "Estados iluminados" (o la oficina de Asuntos Exteriores), comienzan una nueva era en la historia de la humanidad guiados por "un nuevo internacionalismo en el que la represión brutal de grupos étnicos enteros no volverá a ser tolerada" (según Tony Blair).
Los "Estados iluminados" son Estados Unidos, sus socios británicos, y quizás algunos otros que se enlistaron en la cruzada por la justicia de estos países.
Aparentemente, la categoría de "Estados iluminados" es otorgada por definición, pues uno no encuentra el menor intento por aportar evidencias que respalden el argumento; y desde luego las evidencias no provienen de la historia. Este aspecto es considerado, en cualquier caso, irrelevante en virtud de la doctrina
conocida del "cambio de curso", que es invocada regularmente por las instituciones ideológicas para despachar el pasado en los más profundos resquicios de la laguna en el recuerdo, evitando así el peligro de que alguien pudiera formular las preguntas más obvias: si las estructuras institucionales y la
distribución del poder se mantienen esencialmente inamovibles ¿porqué debía uno esperar cambios políticos radicales, además de los ajustes tácticos?
Pero preguntas como la anterior no figuran en el programa. "Desde un principio el problema de Kosovo ha sido sobre cómo debemos reaccionar a cosas malas que ocurren en lugares sin importancia", explicó el analista global Thomas Friedman en el diario The New York Times cuando se anunció el acuerdo de paz. Después, el autor procede a ensalzar a los "Estados iluminados" por reforzar su máxima moral se ún la cual, "una vez que comenzaron las deportaciones, el ignorar a Kosovo estaba mal, y por lo tanto, el emprender una inmensa ofensiva aérea para un objetivo limitado era lo único que tenía sentido".
La preocupación por las "deportaciones" no podía ser el único motivo para la "inmensa ofensiva aérea", pero esta fue una aflicción menor. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), registró a los primeros 4 mil refugiados provenientes de Kosovo el 27 de marzo, tres días después de que comenzaron los bombardeos. El número fue aumentando hasta el 4 de junio, cuando llegó a un total de 670 mil refugiados en las vecinas Albania y Macedonia, y otros 70 mil en la república yugoslava de Montenegro, y 75 más en otros países.
Estas cifras, que desafortunadamente son demasiado bien conocidas, no incluyen al número de desplazados dentro de Kosovo, que serían entre 200 mil y 300 mil, sólo durante el año, antes de los bombardeos de la OTAN, y muchos más después.
Sin duda, la "inmensa ofensiva aérea" precipitó una aguda escalada en la limpieza étnica y otras atrocidades. Esto ha sido consistentemente reportado por corresponsales en el lugar y análisis retrospectivos de los medios.
La misma estampa ha sido reproducida en los dos principales documentos que tratan de mostrar los bombardeos como una reacción a la crisis humanitaria en Kosovo. El más extenso de ellos fue publicado en mayo pasado por el Departamento de Estado y se titula, apropiadamente, Borrando la Historia: Limpieza Etnica en Kosovo. El segundo es el encausamiento de Milosevic y sus colaboradores por el Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, después de que Estados Unidos y Gran Bretaña "abrieron el camino para concretar un encausamiento notablemente rápido al dar a (la fiscal Louise Arbour) acceso a información de los servicios de inteligencia que durante mucho tiempo le negaron otros gobiernos occidentales", según reportó The New York Times.
Ambos documentos sostienen que las atrocidades comenzaron "el 1o. de enero, o alrededor de esa fecha", en ellos, sin embargo, se incluye una cronología detallada que revela que las atrocidades continuaron en un nivel que escaló agudamente como respuesta a los bombardeos. Esto, desde luego, no fue una sorpresa. El comandante de la OTAN, Wesley Clark, dijo en alguna ocasión que esta consecuencia era "del todo previsible" lo que fue, por supuesto, una exageración. Nada en los asuntos humanos es previsible, a pesar de la amplia evidencia con la que ahora se cuenta y que revela que se anticiparon las consecuencias, por razones que fueron comprendidas desde un principio, y sin necesidad de recurrir a informes de los servicios secretos.
Un pequeño índice de los efectos de la "inmensa ofensiva aérea" fue ofrecido por Robert Hayden, director del Centro de Estudios para Rusia y Europa del Este de la Universidad de Pittsburgh: "El número de víctimas civiles serbias en las tres primeras semanas de guerra fue mayor al total de víctimas serbias y de origen albanés en Kosovo en los tres meses que precedieron al conflicto bélico. Aún así, se supone que en esos tres meses ocurrió la catástrofe humanitaria" que motivó la operación.
Ciertamente estas consecuencias particulares no son tomadas en cuenta en el contexto de la histeria patriotera que se lanzó para satanizar a los serbios, lo que llegó al extremo intrigante de bombardear abiertamente a la sociedad civil, y al mismo tiempo, esperar un apoyo más ferviente a las acciones.
Casualmente, al menos el viso de una respuesta más creíble a la pregunta retórica de Friedman fue proporcionada por el Times, ese mismo día, en un despacho desde Ankara firmado por Stephen Kinzer, quien escribió que "el más conocido activista de derechos humanos en Turquía fue encarcelado" para purgar una condena por "instar al Estado a alcanzar un acuerdo de paz con los rebeldes kurdos".
Unos días antes Kinzer dio a entender veladamente que esa no era toda la historia: "Algunos (kurdos) insisten en que son reprimidos por el régimen turco, pero el gobierno insiste en que gozan de los mismos derechos que los demás ciudadanos".
Uno se pregunta si esto realmente hace justicia a las operaciones más extremas de limpieza étnica de mediados de los años 90, en las que decenas de miles de personas han sido asesinadas, 3 mil 500 poblados han sido destruidos (un número siete veces mayor al de localidades que fueron arrasadas en Kosovo, según el anuncio de victoria de Clinton).
Se habla también de entre dos millones y medio y tres millones de refugiados, además de horrendas atrocidades, fácilmente comparables a las perpetradas por los enemigos escogidos que aparecen diariamente en primeras planas, y que son detalladas por las principales organizaciones de derechos humanos, pero que son ignoradas.
Los logros en la guerra fueron posibles gracias al masivo apoyo militar estadunidense, cuya intensificación fue ordenada por Clinton a medida de que aumentaban las atrocidades. Así se fueron enviando aviones y helicópteros de ataque, equipo para la contrainsurgencia y otros medios de terror y destrucción, así como entrenamiento e información proveniente de los servicios de inteligencia, que se destinó para algunos de los peores asesinos.
Debe recordarse que esos crímenes se han cometido a lo largo de la década de los 90 dentro de la misma OTAN, y bajo la jurisdicción del Consejo Europeo y la Corte Europea de Derechos Humanos, los cuales continúan emitiendo dictámenes contra Turquía por las atrocidades que cometió con el apoyo de Washington (muchas de ellas ocurridas en 1998). Se requirió de verdadera disciplina por parte de participantes y comentaristas para "no notar" nada de esto durante la celebración, en abril, del 50 aniversario de la OTAN.
Esta disciplina fue particularmente impresionante a la luz del hecho de que la celebración estuvo teñida por la sombría preocupación ante la limpieza étnica ­perpetrada por los enemigos oficialmente designados­ y no por los "Estados iluminados" con la función de dedicarse a su misión tradicional de llevar justicia y libertad a los pueblos del mundo que sufren, defender los derechos humanos empleando la fuerza, de ser necesario, bajo los principios del Nuevo Humanismo.
Estos crímenes, de seguro, son la única ilustración a la respuesta dada por los "Estados iluminados" a la profunda interrogante de "¿cómo debemos reaccionar cuando ocurren cosas malas en lugares sin importancia?". Debemos intervenir para rebasar las atrocidades y no "mirar hacia otro lado" bajo una "doble moral", que es como comúnmente se evita responder cuando alguien, descortésmente, aduce a insignificancias.
Así fue la misión que se llevó a cabo en Kosovo, como lo revela claramente el curso de los hechos, que no la versión refractada a través del prisma de la ideología y la doctrina, que no tolera con agrado la observación de que una consecuencia de la "inmensa ofensiva aérea" fue un aumento en el nivel de atrocidades que llevó a un saldo de víctimas comparable al que dejó la situación (apoyada por Estados Unidos) en Colombia durante los 90, y a un nivel cercano a las atrocidades que se han cometido en los países europeos y de la OTAN en la misma década, de haberse prolongado los bombardeos.
Las instrucciones de Washington, sin embargo, son las ya conocidas: Apunten un reflector láser hacia los crímenes del enemigo oficial de hoy. No se permitan distracción alguna por crímenes comparables o peores que, no obstante, podrán ser fácilmente mitigados o suspendidos gracias al papel crucial de los "Estados iluminados" que terminan siempre por perpetuarlos, o incluso intensificarlos, cuando los intereses del poder así lo requieren. Primero obedezcamos estas órdenes, después, ocupémonos de Kosovo.
Un análisis mínimamente serio del acuerdo para Kosovo requiere revisar las opciones diplomáticas que existían el 23 de marzo, un día antes de que se lanzara la "inmensa ofensiva aérea", y compararlas con el convenio finalmente logrado por la OTAN y Serbia el 3 de junio. Aquí debemos distinguir dos versiones: 1) Los hechos. 2) El giro, es decir, la versión de Estados Unidos y la OTAN que se limita a lo dicho en reportajes y comentarios difundidos en los "Estados iluminados".
Aun el más descuidado de los vistazos al tema revela que los hechos y el giro tienen agudas diferencias. Por ello el New York Times publicó el texto del acuerdo con un inserto titulado Dos planes de paz: en qué difieren. Los dos planes eran el borrador del acuerdo de Rambouillet que se presentó a Serbia en términos de un ultimátum "tómenlo o déjenlo y bombardeamos" el 23 de marzo. Por otro lado, estaba el acuerdo de paz del 3 de junio.
Pero en el mundo real existen tres planes de paz, dos de los cuales estaban en la mesa de negociaciones el 23 de marzo: el acuerdo de Rambouillet y la respuesta al mismo, en forma de las Resoluciones de la Asamblea Nacional Serbia.
Comencemos por los dos planes de paz del 23 de marzo, cuestionando en qué se diferenciaban y en qué se comparan con el acuerdo de paz para Kosovo del 3 de junio, para después analizar brevemente lo que podemos esperar si rompemos las reglas y prestamos atención a los (amplios) antecedentes. El acuerdo de Rambouillet exigía una completa ocupación militar de Kosovo por parte de la OTAN, que tendría un considerable control político sobre la provincia, y facultades para ejercer un grado de ocupación militar en el resto de Yugoslavia.
La OTAN debía "constituir y encabezar una fuerza militar" (las KFOR) que la alianza "establecerá y distribuirá" en Kosovo y sus alrededores, y que "operará bajo autoridad y se someterá a la dirección y control político del Consejo del Atlántico Norte a través de la línea de comando de la OTAN. "El comando de las KFOR es la autoridad última dentro de lo que concierne a la interpretación de este apartado (el de la implementación del acuerdo militar), y sus interpretaciones son obligatorias para todas las partes y personas (de rango no relevante)".
La Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) tiene jurisdicción formal sobre los aspectos civiles del acuerdo, en coordinación con las KFOR, un ejército de ocupación, que por lo tanto está en posición de determinar lo que ocurre. Dentro de un plazo de tiempo breve, todas las fuerzas yugoslavas militares y las policiales del Ministerio del Interior de Belgrado deberán retirarse a "cuarteles aprobados" para después replegarse hacia Serbia, con excepción de pequeñas unidades asignadas que cumplirían funciones de protección de fronteras con armamento muy reducido (que se especificó con todo detalle). Estas unidades se limitarían a defender las fronteras de ataques y "cruces ilícitos", y no se les permitiría trasladarse dentro de Kosovo o cumplir ninguna otra función.
"A tres años de la entrada en vigor del acuerdo, se convocará a una reunión internacional para determinar los mecanismos para un acuerdo final para Kosovo". Este párrafo ha sido interpretado regularmente como un llamado a realizar un referéndum por la independencia, aunque esto no se menciona específicamente.
En cuanto al resto de Yugoslavia, los términos de la ocupación se presentan en el apéndice B titulado Estatuto sobre la Implementación de la Fuerza Militar Multinacional. El párrafo crucial reza:
8. El personal de la OTAN, al igual que sus vehículos, contenedores, aviones y equipos, deberán gozar de libertad irrestricta de movimiento y traslado a través de la RFY (República Federal de Yugoslavia), incluido el espacio aéreo y aguas territoriales. Esto debe incluir, aunque no se limita sólo a eso, el derecho a vivaquear, maniobrar, acantonar y utilizar cualquier área que se requiera para cualquier operación, entrenamiento o labor de apoyo.
Este recordatorio especifica condiciones que permiten que las fuerzas de la OTAN, y a quien sea que ellos elijan, actúen de la forma en que quieran a través de la totalidad del territorio de la RFY sin obligación alguna y sin observar ninguna de las leyes del país y sin respeto a la jurisdicción de sus autoridades que deben, no obstante, cumplir todas las órdenes de la OTAN "como prioridad y empleando todos los recursos que se requieran". Otro apartado señala que "todo el personal de la OTAN debe respetar las leyes que se aplican en la RFY", pero siempre concediéndole la autoridad para ponerse por encima de ellas: "Evitando el prejuicio de privilegios e inmunidades citadas en este apéndice, todo el personal de la OTAN..."
Se ha especulado que la redacción fue diseñada para garantizar el rechazo serbio. Es posible. Es difícil imaginar que cualquier país hubiera considerado dichos términos como algo que no fuera una rendición incondicional.
En la cobertura masiva que se hizo de la guerra uno encontrará pocas referencias al acuerdo que se acerquen algo a la precisión, y más notoriamente, que se mencionara siquiera lo referente al apéndice B. Esto último fue reportado, sin embargo, tan pronto como se volvió irrelevante a la opción democrática.
El 5 de junio, después del acuerdo del 3 de junio, la prensa refirió que bajo el anexo al acuerdo de Rambouillet se hablaba de "una fuerza exclusivamente constituida por la OTAN que tenía permiso irrestricto de trasladarse como quisiera dentro de Yugoslavia, inmune a cualquier proceso legal", citando la redacción (lo hizo el New York Times al igual que otros medios).
Evidentemente, sin una explicación clara y reiterada de los términos básicos del acuerdo de Rambouillet --considerado el "proceso de paz oficial"-- ha sido imposible para el público obtener una comprensión seria de lo que estaba ocurriendo, o evaluar las precisiones de la versión del acuerdo de Kosovo por la que finalmente se optó.
El segundo plan de paz fue presentado en forma de resoluciones de la Asamblea Nacional serbia el 23 de marzo. La Asamblea rechazó la exigencia de la ocupación militar de la OTAN y solicitó a la OSCE y a la ONU facilitar un convenio diplomático pacífico. También condenó la retirada de la misión de verificación de la OSCE para Kosovo del 19 de marzo que se hizo como medida previa a los bombardeos del 24 de marzo.
Las resoluciones llamaban a negociaciones con miras a "alcanzar un acuerdo político en el que estuviera prevista una amplia autonomía para Kosovo y Metohija (el nombre oficial de la provincia), que garantizara total igualdad a todos los ciudadanos y comunidades étnicas dentro de un respeto a la soberanía e integridad territorial de la República Serbia y la República Federal de Yugoslavia". Las resoluciones de la Asamblea agregaban, no obstante, que "el Parlamento serbio no acepta la presencia de fuerzas militares extranjeras en Kosovo y Metohija".
El Parlamento serbio está dispuesto a negociar el tamaño y características de la presencia internacional en Kosmet (Kosovo/Metohija) para la implementación del acuerdo logrado, inmediatamente de la firma de un acuerdo político sobre el autogobierno pactado y aceptado por representantes de todas las comunidades nacionales que habitan en Kosovo y Metohija.
Los puntos esenciales sobre estas decisiones se transmitieron a través de las principales agencias, y por lo tanto, fueron seguramente conocidas en cada redacción del mundo. Pero varias investigaciones de monitoreo de las informaciones que se difundieron han encontrado escasas menciones a las resoluciones, y ninguna mención en los principales medios impresos nacionales.
Así, los dos planes de paz del 23 de marzo siguen siendo desconocidos por el público en general, se ignora incluso el hecho de que había dos propuestas y no sólo una. La conciencia generalizada es que "Milosevic rechazó, e incluso se negó a discutir, un plan internacional de paz (es decir el acuerdo de Rambouillet) y fue por eso que la OTAN comenzó los bombardeos el 24 de marzo". (La cita proviene de un artículo del New York Times de Craig Whitney, uno de los muchos artículos que deploraba la propaganda serbia de manera, sin duda, minuciosa, pero con algunas omisiones).
Sobre el significado de las resoluciones de la Asamblea Nacional serbia, las respuestas son de sobra conocidas por los fanáticos --se trata de diferentes respuestas, dependiendo de la categoría de fanáticos a los que nos refiramos. Para otros, hubiera habido formas de encontrar respuestas: explorando las posibilidades. Pero los estados iluminados prefirieron no elegir esta opción y, en cambio, bombardear con las consecuencias que se conocían de antemano.
Los pasos posteriores en el proceso diplomático y su interpretación dentro de las instituciones doctrinarias son un asunto que merece atención, pero lo obviaré para dedicarme al acuerdo de paz para Kosovo del 3 de junio que, como era de esperar, es un compromiso intermedio entre los dos planes de paz del 23 de marzo.
En el papel, al menos, Estados Unidos/OTAN abandonaron sus principales exigencias, ya arriba citadas, que llevaron a que Serbia rechazara el ultimátum. Serbia, a su vez, aceptó a "una presencia de seguridad internacional con participación sustancial de la OTAN que debe ser desplegada bajo el comando unificado y control... bajo los auspicios de la ONU".
En un agregado al texto se menciona que "la posición de Rusia es que el contingente ruso no estará bajo el mando de la OTAN, y que su relación con la presencia internacional será dictada mediante acuerdos adicionales relevantes".
En el acuerdo del 3 de junio ya no hay términos que permitan acceso al resto de la RFY a la OTAN o a la "presencia de seguridad internacional" en general. El control político de Kosovo ya no se pone en manos de la OTAN, Serbia o la OSCE, sino en el Consejo de Seguridad de la ONU que establecerá una "administración interina para Kosovo". La retirada de las fuerzas yugoslavas ya no se especifica con el detalle que tenía en el acuerdo de Rambouillet y, aunque sigue siendo similar a la que se planteó entonces, se le acelera. El resto del contenido del documento ya estaba plasmado y coincidía en los dos planes del 23 de marzo.
El resultado final sugiere que pudieron haberse explorado las iniciativas diplomáticas que se plantearon el 23 de marzo, lo que hubiera evitado una terrible tragedia humana de consecuencias que resonarán en Yugoslavia y otras partes del mundo, las cuales resultan ominosas en mu- chos otros aspectos.
De seguro la actual situación no es la misma que la del 23 de marzo. Un encabezado del Times del día de la firma del acuerdo de paz para Kosovo lo expresó con precisión: ``Los problemas de Kosovo apenas empiezan''. Entre los ``problemas tambaleantes'' que quedan por resolver, Serge Schmemann observó la repatriación de los refugiados a ``la tierra de cenizas y tumbas que fue su hogar'', y el ``reto enormemente costoso de reconstruir las devastadas economías en Kosovo, en el resto de Serbia y en territorios vecinos''.
El autor cita a la historiadora Susan Woodward, de la Brookings Institution, y agrega que ``toda la gente que queremos que nos ayude a construir un Kosovo estable ha sido destruida por los efectos de los bombardeos'', que han dejado el control en manos del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK).
Estados Unidos calificó al ELK como ``un grupo sin lugar a dudas terrorista'' cuando éste comenzó a llevar a cabo ataques organizados en febrero de 1998. Dichas acciones fueron condenadas ``muy duramente'' por Washington y tachadas de ``actividades terroristas'', lo que probablemente dio luz verde a Slobodan Milosevic para emprender la severa represión que llevó a la violencia de estilo colombiano que precedió a la aguda escalada que los bombardeos precipitaron.
Estos ``problemas tambaleantes'' son nuevos. Son los ``efectos de los bombardeos'' y de la horrible reacción serbia a los mismos, pese a que los problemas que precedieron al recurso de la violencia por parte de los estados iluminados fueran ya lo suficientemente intimidadores.
Pasando de los hechos al giro, los titulares proclamaron una grandiosa victoria de los estados iluminados y sus líderes, quienes forzaron a Milosevic a ``capitular'' y a gritar ``me rindo'', al aceptar ``una fuerza encabezada por la OTAN'', y rendirse ``en términos tan cercanos a la incondicionalidad como nadie lo hubiera esperado'', sometiéndose además a ``un trato peor que el acuerdo de Rambouillet que él rechazó''.
Esta no es exactamente la historia real, pero ciertamente es una historia que resulta mucho más útil que los hechos. De esto sólo surgió un tema serio de debate al cuestionarse si tan sólo el poderío aéreo puede servir a altos propósitos morales, cosa que algunos críticos pusieron en duda.
Analizando un significante más amplio, el ``eminente historiador militar'' británico John Keegan consideró que la guerra fue ``una victoria no sólo para el poderío aéreo sino para el nuevo orden mundial proclamado por el presidente George Bush tras la Guerra del Golfo''. Keegan escribió que ``si Milosevic es verdaderamente un hombre derrotado, todos los Milosevics potenciales del mundo tendrán que reconsiderar sus planes''.
Esta afirmación es realista, aunque no en los términos que Keegan debió tener en mente. Más bien, a la luz de los objetivos actuales y el significado del nuevo orden mundial, como es revelado en una importante memoria documental de los 90 que permanece sin difusión, pero que es una fuente inagotable de evidencias y hechos que ayuda a entender lo que se quiere decir con la frase ``Milosevics alrededor del mundo''.
Limitándonos sólo a la región de los Balcanes, las críticas no hablan de enormes operaciones de limpieza étnica y atrocidades terribles que ocurren en el rincón sureste del territorio de la OTAN, y que se ejecutan con apoyo decisivo y creciente de Estados Unidos, sin que sean una respuesta a un ataque por parte del mayor poder militar del mundo ni a la amenaza inminente de invasión.
Estos crímenes son legítimos dentro de las normas del nuevo orden mundial, y quizá son aún más meritorios que las atrocidades que ocurren en otras partes y que se conforman a los intereses particulares de los líderes de los estados iluminados, y que son regularmente implementadas por ellos cada vez que es necesario.
Estos hechos, que no son particularmente ocultos, revelan que dentro del ``nuevo internacionalismo... la brutal represión de grupos étnicos completos'' no sólo será ``tolerada'' sino promovida activamente, tal como lo hizo el ``viejo internacionalismo'' de la concertación de Europa, de Estados Unidos y de otros muchos predecesores distinguidos.
En un ejemplo anterior, Estados Unidos se vio obligado a firmar un nuevo acuerdo, tras el fracaso de los bombardeos de Navidad de 1972, para inducir a Hanoi a abandonar el acuerdo entre Washington y Vietnam de octubre anterior. Kissinger y la Casa Blanca anunciaron muy lúcidamente en su momento que violarían cualquier elemento significativo del tratado que estaban firmando, al presentar una versión diferente a la que mostraba en reportajes y comentarios. De esta forma cuando el enemigo Vietnam finalmente respondió a las serias violaciones estadunidenses a los acuerdos, se convirtió en el agresor incorregible que debía ser castigado nuevamente y que, en efecto, fue.
Esta misma tragedia/farsa ocurrió cuando los presidentes de América Central alcanzaron el acuerdo de Esquipulas (también conocido como Plan Arias), pese a la fuerte oposición de Estados Unidos. Washington de inmediato provocó una escalada en sus guerras con la violación del único ``elemento indispensable'' del acuerdo, para después proceder a desmantelar sus otras previsiones por la fuerza. Esto tuvo éxito tras unos cuantos meses en los que se continuó socavando cualquier esfuerzo diplomático hasta que se logró la victoria final.
La versión de Washington del acuerdo, que difiere enormemente de sus aspectos cruciales originales, se convirtió en la versión aceptada final. El resultado, entonces, pudo proclamarse en los titulares como ``la victoria del juego justo estadunidense'', ``unidos en la dicha'' habiendo rebasado la devastación y baños de sangre, y sobrecogidos por el éxtasis ``en una era romántica''. (Así lo escribió Anthony Lewis en el New York Times, al igual que otros que reflejaron la euforia general ante la misión cumplida.)
Es superfluo revisitar las repercusiones de los numerosos casos similares a éste. Hay muy pocas razones para esperar que una historia diferente se desarrolle en el caso presente. Con la salvedad crucial y típica, claro está, de que permitiéramos que ocurra un final diferente.
Posdata. Es irritante ver comprobadas nuestras más cínicas expectativas, pero horas después de que lo anterior fue publicado, en la red se desarrolló la historia esperada: Washington difundió su interpretación del acuerdo de paz para Kosovo (y la subsecuente resolución del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas), que es radicalmente diferente al texto y muy similar a las condiciones del documento de Rambouillet a las que Estados Unidos había renunciado formalmente. Medios y comentaristas ya han adoptado la versión de Washington como los hechos. Los demás eventos han procedido su curso y seguirán haciéndolo, a menos que se dé la salvedad ya antes mencionada.

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