27 de febrero de 2008

IZQUIERDA Y ALTERNATIVAS EN AMERICA LATINA, Mario Toer...

El legado del pensamiento de izquierda y la construcción de alternativas en la América Latina de nuestro tiempo

Congreso ALAS 2005

Mario Toer, Pablo Martínez Sameck, Juan Diez

En América Latina se han venido desarrollando fuerzas políticas que enfrentan al neoliberalismo dominante en los años noventa y ensayan experiencias que pretenden ir más allá del posibilismo, de la mera respuesta coyuntural a los problemas que se acumulan y son crónicos en la región, evidenciando un significativo respaldo popular.
Estas fuerzas poseen cada una un perfil propio y se han venido interpelando una a otra hasta alcanzar un mutuo reconocimiento. Son los casos de los gobiernos actuales en Venezuela, Brasil, Argentina y Uruguay. A pesar de la diversidad de sus orígenes, pretenden explorar caminos afines, y han establecido convocatorias similares con sectores significativos de la opinión pública y movimientos sociales que los respaldan. A su vez, algunos acontecimientos últimos, como los de Ecuador, Bolivia, Perú, México, de naturaleza diversa y por fuera de los gobiernos, muestran una tendencia a la generalización de posturas convergentes con las dominantes en la costa atlántica.
Este nuevo panorama regional es francamente diferente y claramente más promisorio del que primara en los años noventa, sustentado en el compromiso de encarar cambios profundos sobre las graves cuestiones que nuestros pueblos mantienen pendientes.
Pero, para el largo plazo, no bastan las buenas intenciones. Si se pretenden sentar bases sólidas, ninguna construcción puede quedar librada al pragmatismo, o a la intuición del día a día. Se requiere una conceptualización acorde con los tiempos que corren, condición que implica elaborar una revalorización crítica de las tradiciones ideológicas que han confluido e inciden en este espacio.
Las cuatro experiencias que destacamos se enfrentan a una diversidad de problemas y dilemas de difícil solución, pero en su seno persisten las expresiones que reiteran la voluntad de trascender la mera administración de los escasos recursos y sentar las bases para un cambio profundo. El más explícito, hoy por hoy, es el Comandante Chávez, quien ha llamado a concebir el “socialismo del siglo XXI”. El PT, históricamente se ha considerado la herramienta para construir el “socialismo petista”, aunque ahora se piense inmerso en una etapa que precede a tal objetivo. En el Frente Amplio, el predominio de una izquierda histórica obliga a Vázquez a aclarar que las tareas del socialismo también serán parte de una etapa posterior y no una tarea de su gobierno. La mayor ambigüedad del ideario peronista le evita a Kirchner tener que hacer este tipo de precisiones. Pero, para el común de los analistas, su estilo “setentista” está queriendo aludir a los anhelos de toda una época.
Se podría decir que las urgencias del diario gobernar no admiten tiempo para la reflexión o elaboración teórica; esto no es necesariamente así. No hay mejor prueba que las abundantes obras producidas por varios líderes de los principales procesos revolucionarios del siglo XX.
Sin duda, muchas de las organizaciones que confluyen en estos cuatro escenarios han originado trabajos significativos e interesantes en los tiempos de acumulación de fuerzas y, aún hoy, algunas reflexiones públicas de sus principales dirigentes tienen un carácter doctrinario. Pero no creemos que sea suficiente. A su vez, lo más notable, usualmente, es la ausencia de referencia a las experiencias pasadas. Interesa aquí comenzar a avanzar en una reflexión teórica sobre los cambios en la naturaleza del poder y de las políticas de alianzas que se tienen hoy respecto del ayer y cómo entender aquel pasado.
Por cierto que esto se inscribe dentro de una carencia, producto de una crisis mayor, la que acompañó a la implosión de la URSS y su campo de influencia. Pero, en cualquier caso, este renacer de las expectativas obliga, como dijimos, a dar pasos en la dirección de la coherencia conceptual. Se explicite o no, en América Latina los espectros de décadas de enfrentamientos rondan nuestras cabezas y condicionan nuestros actos. Comprender y otorgarle significación a todo este singular esfuerzo que nos antecede en pos de un mundo mejor, cualquiera haya sido la envergadura de las derrotas y el perfil de los errores, es una tarea impostergable. La perspectiva del tiempo nos lo hace posible, sin la necesidad de recurrir a la inflexibilidad que el ardor de los conflictos acarreara en su momento. Sí necesitamos entender las lógicas que llevaron a “callejones sin salida” e intentar evitar tropezar con la misma piedra, al tiempo que descubrimos los momentos de esplendor que conjugaron liderazgos ampliamente reconocidos por los postergados de nuestra tierra. Resulta necio querer encontrar verdades incólumes en los discursos del pasado. Nuestro ánimo tiene que sustentarse en el reconocimiento a la generosidad de aquellos esfuerzos. Pero, para ser coherentes con esos anhelos, no podemos ser superficiales ni ambiguos con los errores de aquel pasado. Respeto y gratitud para los que nos precedieron, aún cuando se encontraran en alineamientos divergentes. Rigor para el análisis de las propuestas que posibilitaron avances y retrocesos.
Nuestra humilde intención es repasar algunos de los hitos más salientes protagonizados por la izquierda latinoamericana para contribuir a esta tarea.
Quienes se han abocado al estudio de las revoluciones triunfantes coinciden en que éstas tienden a instalarse en términos de referencia mítica para sus contemporáneos y las generaciones venideras. Ocurrió así con la Revolución Francesa, reiteradamente invocada por los revolucionarios europeos y americanos. Otro tanto sucedió con las Revoluciones Rusa, China y Cubana; sabido es el influjo que éstas tuvieron en América Latina, particularmente la primera y la última.
El influjo de la Revolución Rusa fue decisivo para la conformación de la izquierda orgánica en nuestro continente. La presencia previa del socialismo fue poco más allá de ambas orillas del Río de la Plata y las cuencas mineras de Chile. En cambio, la presencia de partidos que se reconocían como parte de la Tercera Internacional habrá de gravitar en cada uno de nuestros países.

La Revolución Rusa, el carácter de la revolución y las alianzas


Los procesos revolucionarios suelen ser analizados de diferentes maneras. Las más reiteradas son las que se caracterizan por el encandilamiento a partir de la resonancia épica de los acontecimientos, que derivan en la tentación de emularlos sin más. Otra modalidad tiende a respaldarse en la perspectiva histórica para descalificar con suficiencia las limitaciones que el tiempo puso en evidencia. Aquí intentaremos sustraernos de ambos extremos.
No cabe duda que lo que más ponderaron los hombres que se alinearon en el ideario de la Revolución Rusa en nuestra región fue el hecho de que semejante acontecimiento se producía en la periferia del mundo capitalista, a pesar del atraso y de las dificultades que esto implicaba. Resultaba atrayente vislumbrar que un rumbo similar podía encararse en estas latitudes; algunos de los epígonos de la gesta facilitaban que se vieran principalmente la decisión y el coraje como rasgos decisivos para tamaño emprendimiento. Recordemos que el propio Lenin tuvo que escribir un elocuente texto, “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, para intentar llamar la atención a muchos de los más entusiastas que se empecinaban en quemar etapas, subestimando la lucha legal y una política de alianzas.
De los muchos aspectos que podrían aludirse en este abordaje nos centraremos en uno: el papel de la política de alianzas en el proceso de acumulación de fuerzas. En un sentido general, podemos afirmar que las revoluciones triunfantes en el siglo XX siempre fueron antecedidas por políticas de alianzas que constituyeron conglomerados de fuerzas, por momentos muy amplios, contra enemigos comunes de las grandes mayorías.
Los propios bolcheviques fueron por años una fracción del Partido Socialdemócrata de Rusia, instancia compartida con mencheviques y grupos menores. Precisamente, el tema de las alianzas atravesó a este conglomerado e incluso algunos criticaron a Lenin su fórmula de “dictadura democrática de obreros y campesinos”, en tanto supuesto de una etapa previa a la revolución socialista. La consideraban una fórmula ambigua o equívoca, de mera suma algebraica, aduciendo que en esos términos no quedaba explicitado que la dirección del proceso debía quedar en manos del proletariado, tal como planteaba el histórico núcleo conceptual de la revolución permanente de Trotsky. El carácter de esta polémica tiene varias facetas, y sólo habrá de quedar mucho más clara cuando Gramsci incorpore los conceptos de bloque histórico y hegemonía que permitieron trascender dilemas esquemáticos.
Por de pronto, digamos que lo que surge del propósito de Lenin con esta formulación estratégica es precisamente asegurar la construcción de un bloque lo suficientemente vigoroso como para posibilitar el enfrentamiento con la autocracia, para cuyo fin, como él mismo lo dice, los bolcheviques estaban dispuestos a aliarse con el mismo diablo. Si la intención era sumar a los campesinos, mal se hubiese podido utilizar una fórmula que explicitara el mensaje de “súmense, pero dirijo yo…”.
Está claro que el afán de Lenin, y esa fue siempre su principal característica, era fundamentalmente político: pensar y expresarse desde el qué hacer, aunque quizá no se pudiese desprender del todo de un lenguaje que tendía a referenciarse primordialmente en las clases en sí, rasgo que por otra parte involucraba a todos los que provenían del tronco de la IIº Internacional y abrevaran de los textos de Kautsky y Plejanov.
Otro tanto puede decirse de lo que se conoció como las “Tesis de Abril”, en las que argumentara a favor del nuevo curso socialista de la revolución, cuestión que implicaba una nueva estrategia destinada a recuperar la iniciativa y disputarle al Gobierno Provisional la conducción del proceso abierto con el derrocamiento del Zar, en febrero de 1917. El afán, más político que doctrinario de sus postulados, quedaba por demás claro cuando Lenin ofrecía hacer suyo todo el programa para el campo de los socialistas revolucionarios , reflejado al asimilar su consigna central de “paz, pan y tierra”. Por otra parte, vale la pena tener en cuenta que la consigna de “todo el poder a los Soviets” se despliega cuando en su conducción aún primaban los mencheviques y social revolucionarios.
Este es un problema clave para quienes quieren definir una estrategia. No basta invocar a las clases interesadas: se trata de generar una interlocución positiva con los nucleamientos políticos que inciden sobre las fuerzas sociales con las cuales todavía no se tiene influencia directa.
Este principio queda muy claro cuando Lenin, en el referido texto de “La enfermedad infantil …”, analiza la situación en Inglaterra, reclamándole a las cuatro pequeñas organizaciones de comunistas allí existentes que se unifiquen y procuren un acuerdo electoral con los laboristas. Incluso, si no fuera posible dicho acuerdo, los apoyen en la gran mayoría de los distritos, a excepción de aquellos en donde existiesen serias posibilidades para imponer a un candidato propio. La única condición, que no podía concederse, era la de conservar la autonomía para desplegar la propaganda propia. Para Lenin, se trataba del único camino atendible a seguir para que los trabajadores ingleses, por su propia experiencia, terminen por verificar las limitaciones de las posiciones laboristas predominantes. Son siempre las masas las protagonistas, quienes deben sacar sus propias conclusiones, que atenderán a quienes, sin soberbia, pretenden aportar una orientación.
Asimismo, para la comprensión del mayoritario consenso que obtienen los bolcheviques en octubre de 1917, es imprescindible sopesar adecuadamente un momento crucial de ese año. Se trata del intento, en agosto, del Mariscal Kornilov de derrocar al endeble Gobierno Provisional, cuyo único poder residía en el respaldo de mencheviques y social revolucionarios, mayoritarios momentáneamente en la conducción de los Soviets. Los bolcheviques se encontraban ilegalizados y debilitados tras las manifestaciones del mes de julio, entendidas como un conato de insurrección. La consigna de todos contra Kornilov, y el consiguiente ímpetu de los bolcheviques para parar la asonada, les devuelve no sólo la legalidad, sino que los coloca en el centro de la escena, que no abandonarán hasta constituirse en la primera fuerza en el Congreso de los Soviets.
Nos hemos detenido en estos señalamientos para poder observar, en perspectiva, el influjo de una visión simplificada de los hechos que nutriera la constitución de los primeros partidos comunistas en América Latina. Como en otros lugares, la pretensión de sumarse a la ola revolucionaria llevó a que el intento de constituir soviets y el horizonte insurreccional connotara, de manera casi excluyente, la esforzada práctica de toda una época.

El izquierdismo


Los PCs latinoamericanos alcanzan poca gravitación en los escenarios políticos latinoamericanos con anterioridad a 1935. Recién en 1928, con el VI Congreso de la Internacional, este partido sin fronteras reparó en lo que se llamara “el descubrimiento de América” (Caballero, 1987).
Estos primeros años estarán signados por una esforzada labor en la organización desde la base, particularmente sindicatos, con alguna incidencia en el campo de la innovación en las artes y la cultura, pero con escasa proyección en la escena política. En la mayor parte de los casos predomina el doctrinarismo de izquierda.
Sugestivamente, 1935 estará marcado en América Latina por un paradójico acontecer que parece balancearse entre dos épocas. El rápido crecimiento de la influencia del PC brasileño con una política de alianzas que en buena medida se nutre de la nueva perspectiva del VII Congreso, de una parte, y la fallida rebelión que protagoniza, respaldándose en el ascendiente en los cuarteles que contaba el nuevo jefe del partido, Luiz Carlos Prestes. Este acontecimiento denota el fuerte condicionamiento de la práctica de la izquierda a los rasgos más destacados de la mítica revolución de octubre.
Durante años, el debate de los comunistas y su periferia -incluyendo a la disidencia trotskista- estará centrado en el tema del carácter de la revolución y, consiguientemente, sobre la condición feudal o capitalista de las relaciones de producción predominantes en la región. Por cierto, quienes con mayor nitidez subrayaban las características “feudales”, concebían una etapa democrática a la manera de la revolución de ese carácter que promoviera Lenin antes de 1917, añadiéndole, con diverso énfasis, posibles confluencias con una burguesía nacional constreñida por el imperialismo. Por el contrario, quienes renegaban de cualquier etapa intermedia, remarcaban el carácter mercantil del período colonial y se hacían eco de la revolución permanente de Trotsky, según la cual el proletariado debía ser la clase que, desde el poder, se hiciera cargo de las tareas democráticas pendientes y diera rumbo a la revolución socialista.
En los hechos, las oscilaciones de las políticas seguidas por los PCs no tendían a originarse en este último tipo de referencia. En vano se intentará descubrir un presunto “permanentismo” en alguna jerga del PC de El Salvador, cuando se pone a la cabeza de una extendida insurrección campesina en 1932. Tampoco parece ser un núcleo conceptual que explique el insurreccionalismo del PC brasileño. Más aún, las corrientes que sostuvieron insistentemente las tesis trotskistas, prácticamente nunca protagonizan un proceso de acumulación de fuerzas que implique alguna presencia en la escena política de sus países.
En cualquier caso, lo que estuvo ausente es una elaboración de una matriz de actuación, como nos refiriéramos para el caso de Lenin, que permitiera constituir frentes políticos lo suficientemente amplios como para posibilitar una presencia significativa, sin resignar una perspectiva revolucionaria.

Los Frentes Populares


Hasta 1935, las experiencias adolecen de la limitación que acabamos de señalar. A partir de este año comienza un nuevo período que tiene como rasgo dominante la política frentista en todo el mundo, signada por el reconocimiento de que el ascenso del fascismo redefinía los conflictos a escala planetaria. Este período, con sus matices, habrá de durar hasta la instalación de la guerra fría en 1946.
Como lo destacara Eric Hobsbawm al referirse al período en cuestión: “…esta fase del pensamiento comunista ha sido la única en que se han tomado de alguna manera en consideración y de manera realista a escala internacional los problemas específicos de la marcha al socialismo” (Hobsbawm, 2000). La concluyente aseveración del historiador inglés, conocedor en el terreno de las tribulaciones del período, en tanto joven integrante del PC alemán en tiempos del ascenso nazi fascista, puede corroborarse ante el hecho generalizado que, con posterioridad al VII Congreso, los PCs salen de su ostracismo y se transforman en protagonistas importantes de la escena política en un buen número de países.
Por supuesto que, así como en el período anterior predominaba con diversos énfasis el oportunismo de izquierda, en esta nueva época habrán de primar variantes del oportunismo de derecha . Por cierto que no resulta difícil a posteriori encontrar errores de diferente calibre. El crecimiento y la gravitación política suelen ir acompañados del peligro al desdibujamiento de los perfiles propios y los proyectos estratégicos. También es palpable que se ha producido un cambio conceptual significativo. De todas maneras, nos parece que suponer que esta nueva política, por sí misma, implica una renuncia a la estrategia revolucionaria es, por lo menos, una exageración. Sobre todo, porque en ningún caso se produjo el abandono de un proceso promisorio que se sustentara en opciones contrapuestas.
Por cierto que, para el caso latinoamericano, uno de los temas que mayores cuestionamientos ha generado es la caracterización del quién es quién, en este período. En particular, en los casos de las variantes que genéricamente han sido llamadas populistas (México, Brasil, Argentina) . Aquí cabe evocar una reflexión autocrítica de quien fuera un importante dirigente del PC argentino, algún tiempo después de su alejamiento del partido:
“La izquierda debe diferenciarse en objetivos propios e integrarse en una realidad múltiple en la cual el populismo es una fuerza potencialmente transformadora” (Giudice, 1983).
No siempre se entendió así. Habremos de abordar este tema en trabajos posteriores.
Esquemáticamente podemos decir que, desde 1946 hasta 1959, la situación generalizada es la ilegalidad. La lucha, por lo tanto, se centra en la recuperación del estatus legal y la incidencia en los movimientos de masas, de manera precaria, desde la clandestinidad.
La Revolución Cubana instala un nuevo revulsivo en la región que, durante casi dos décadas, habrá de gravitar en la escena política latinoamericana. De la misma manera que en el caso ruso, la Revolución Cubana se constituirá en referente mítico con gran influencia entre los revolucionarios latinoamericanos.

La Revolución Cubana


Cuando se produce el desembarco de lo que iba a ser la columna guerrillera que comenzaría a acosar a Batista, a muy pocos se le podía ocurrir que esto constituiría el inicio de un capítulo trascendente en la historia de América Latina y momento fundamental de los debates ideológico-políticos en la izquierda en la región.
Ninguno de sus protagonistas, salvo algunos casos con pasajes ocasionales por las filas de los jóvenes comunistas, había transitado de manera destacada en las filas de organizaciones de izquierda; tampoco existían documentos precisos en los que los rebeldes anticiparan sus aspiraciones. Como su jefe, Fidel Castro Ruz, la mayoría eran jóvenes militantes del ala más radicalizada del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), que enfatizaba la lucha contra la corrupción que se había apoderado de los gobiernos auténticos. Cuando Batista recurre al golpe de Estado, para impedir el posible triunfo del Partido Ortodoxo en las elecciones de 1952, Fidel Castro, un joven abogado que había sido candidato a diputado por el partido gracias a la proyección nacional obtenida por su rol como dirigente estudiantil, inicia la preparación del grupo que habría de intentar el fallido asalto al cuartel Moncada. Su proyecto apuntaba generar una rebelión en el oriente de la isla para desde allí convocar a una huelga general y a una movilización nacional que produjera la caída del régimen. De fracasar en el intento, existía la idea de replegarse en las montañas y desplegar una resistencia similar a la que habían protagonizado los mambises en su hostigamiento a la dominación española en el siglo XIX.
En la mayoría de los casos, el debate latinoamericano posterior a estos acontecimientos apareció en torno a las formas de lucha –sus métodos, estrategias, organización- relegando un aspecto central del acontecimiento: el que tiene que ver con el proceso de acumulación de fuerzas. De manera acompasada, los revolucionarios cubanos fueron estableciendo nexos y articulaciones con el conjunto de la oposición a Batista. Como toda política de alianzas, supuso una diversidad de concesiones. En ese sentido, la composición del gobierno revolucionario tras el derrocamiento del dictador, en 1959, es el testimonio más concluyente del amplísimo espectro que el Movimiento 26 de Julio convocó en su lucha por el restablecimiento de la Constitución de 1940 y de las libertades y derechos democráticos conculcados .
Quienes constituyeron el núcleo central de la rebelión no tenían entre sus objetivos explícitos la implantación de una revolución socialista; se trataba, en todo caso, siguiendo con la antigua nomenclatura, del intento por establecer una revolución democrática. De allí también el tino de su conducción para desplegar nuevas etapas en el momento oportuno, producto más bien de una sensibilidad dirigente que de un plan preconcebido, condición que permitió la consolidación de un poder revolucionario capacitado para enfrentar los sucesivos embates de los EEUU y la elite local, que tienen su momento cumbre con la derrota de la invasión de Playa Girón y la proclamación del carácter socialista de la Revolución.
El relato de la Revolución que servirá de referencia a sus émulos latinoamericanos, tal como había ocurrido con la Revolución Rusa, se sustentará en una lectura con énfasis en sus aristas más contundentes, las cumbres de la confrontación, situación que llevará a que se pierdan de vista aquellas mediaciones, esos aspectos grises que signan los acuerdos, así como otras características particulares menos espectaculares que permiten comprender el fenómeno en su conjunto.
De este modo, la “historia” de la Revolución Cubana privilegió el papel desarrollado por un ejército generado desde un puñado de hombres en la sierra, sin una referencia exacta a la influencia manifiesta de las organizaciones políticas preexistentes que desplegaban la resistencia a la dictadura en todo el escenario social. Se pasaba por alto la proyección política del liderazgo de Castro y la ostensible imposibilidad del camino electoral, cuestión que unificaba a una muy amplia oposición a Batista, que veía en los hombres de la sierra la continuidad de una resistencia generalizada en toda la isla, alentada por la masiva distribución del Programa del Moncada, que unificaba estas aspiraciones sintetizadas por el Movimiento 26 de Julio.
Como bien lo sintetiza Marta Harnecker refiriéndose a las versiones que con mayor superficialidad se inspiraban en aquel relato:
“Sin tener en cuenta las condiciones concretas de cada país, la lucha armada llegó a ser considerada el único camino para llevar adelante la revolución. De medio se transformó en fin. La consecuencia revolucionaria se medía por la disposición a tomar un fusil y partir al monte o a la lucha clandestina en las ciudades […]
Muy pocos eran los que intentaban agotar primero todos los otros caminos para mostrar a los pueblos que no eran los revolucionarios los que elegían la violencia, como sabiamente lo hizo Fidel en Cuba, quien poco antes de lanzar la expedición del Granma volvió a plantear a Batista la posibilidad de evitar la guerra si se iba a elecciones verdaderamente libres, para dejar bien claro que la violencia no era elegida por ellos, sino impuesta por el enemigo” (Harnecker, 1999)
Este legado fue asumido prontamente por distintas variantes, desde diferentes perspectivas y recomponiendo múltiples tradiciones políticas. Tal fue el caso, por ejemplo, del PC de Venezuela que, junto a escisiones de AD, enfrentó al recientemente electo Rómulo Betancourt, sin que estuvieran dadas, ni por lejos, las condiciones de deslegitimación que reclamara el propio Che en sus escritos. En este mismo sentido hay que entender las derrotas de Hugo Blanco y Luis de la Puente en Perú, entre otros casos históricos.
En términos comparativos, las experiencias guerrilleras que alcanzaron una gravitación mayor fueron aquellas que se desarrollaron en países con antigua tradición de resistencia rural y que padecían regímenes despóticos de larga data, como en Centroamérica. Particularmente en Nicaragua, en 1979 -bajo la referencia mítica a Sandino-, tras un largo proceso de acumulación, pudo componerse un amplio frente político a la manera de lo que realmente había ocurrido en Cuba. Estas experiencias alcanzan el poder en muy particulares circunstancias. No hay que perder de vista que los EEUU se encontraban estupefactos tras la derrota en Vietnam y su presidente, James Carter, comprometido en evitar un permanente y –en esa coyuntura- impopular intervencionismo .
Otra variante que se inspirará, a su manera, en el legado cubano y que alcanza una significativa gravitación, es la guerrilla urbana de Montoneros , que surge y enfrenta al régimen militar de Onganía en la Argentina con la consigna de promover el retorno de Perón, de indudable legitimidad popular. Sus enfrentamientos con el propio Perón por el sentido que le había dado a la conducción del movimiento, después que éste retorna, precipitarán una espiral de violencia que culminará con uno de los más aplastantes operativos de aniquilamiento perpetrado por las FFAA en toda la región.
Como es sabido, las experiencias guerrilleras se sucedieron en la región durante los años sesenta y buena parte de los setenta, hasta que la oleada represiva cubrió la mayor parte del continente con regímenes militares que tuvieron como objetivo terminar con el desafío en cualquiera de sus formas. De todas maneras, en el ínterin, tiene lugar una experiencia que se desenmarca de este formato y que también alcanza un notable predicamento. Se trata del triunfo y posterior derrocamiento del gobierno de la Unidad Popular.

La vía chilena


La derrota y muerte del Che en Bolivia había sido un duro revés para la estrategia foquista de base rural. Para entonces, Chile se encontraba gobernada por una variante que reunía prácticamente todos los requerimientos a que había aspirado la Alianza para el Progreso como suma de recursos para contrarrestar los “ímpetus revolucionarios” en la región: la Democracia Cristiana y su “revolución en libertad”. Con el respaldo de la derecha, que se retira de la contienda para impedir el triunfo de Salvador Allende, la DC impone a Eduardo Frei en 1964. El inconveniente, no menor, consistía en que ese gobierno se encontraba flanqueado por dos partidos marxistas que querían trascender los límites de las reformas encaradas por Frei y su gobierno. No sin dificultades, producto de la resistencia de sectores del PS a ampliar el frente , en 1970 se constituye la Unidad Popular que suma, a la alianza de socialistas y comunistas, al Partido Radical y a un desprendimiento de la DC: el MAPU. Las elecciones de ese año, que le permiten alcanzar la presidencia a Salvador Allende, tienen la particularidad de que se restablece la histórica pugna a tres bandas.

De lo mucho que puede decirse de los tres años de gobierno de la Unidad Popular hasta su derrocamiento en 1970, nos detendremos en un aspecto que es central en el desarrollo que venimos proponiendo. La conducción del frente nunca compartió un posicionamiento unificado con relación a una política de alianzas, condición que produce una situación paradojal. El ala izquierda, representada por el PS y refrendada desde afuera por el MIR, insistía en radicalizar el programa, particularmente en lo que hace a las nacionalizaciones en el campo y la ciudad. Por su parte, el PC y Salvador Allende se resistían a este rumbo sin contar con los recursos para redefinir el pleito. Debilitado el gobierno, tiende en respaldarse en sectores de las FFAA, particularmente en el Ejército, pero su liderazgo, el del Gral. Prats, sufre un creciente deterioro ante el embate golpista. El impasse en las FFAA y el consistente respaldo popular, que se expresa en el 44% de los votos en las elecciones legislativas de marzo de 1973, explican que el desenlace no ocurriera con anterioridad.

En todo este período, hay un antes y un después muy manifiesto: la recuperación del freísmo de la conducción de la DC. A partir de ese momento, se cierra todo espacio para posibles acuerdos, escasamente intentados por las diferencias expuestas, y la nueva conducción se inclina hacia las campañas de hostigamiento, crecientemente masivas, que impulsa la derecha del Partido Nacional, coordinando al “estado mayor” del golpismo.

Otras expresiones, como el MAPU, también se dividen, pero no tanto por un tema del carácter programático, sino porque un ala, conducida por Eduardo Aquevedo, pondrá en cuestión lo que considera como “falta de vigor” para sustentar en el movimiento de masas una política contrainsurgente que se anticipe al “golpe” por venir.

Desde la perspectiva histórica, no es fácil distribuir responsabilidades, pero hay una aseveración del sociólogo Tomás Moulián que es por demás elocuente:
“En ese campo de alternativas rápidamente decrecientes la Unidad Popular transfirió hacia el discurso la mágica capacidad de resolución de cuestiones que eran operativamente irrealizables, como si nombrar el deseo bastara para materializarlo. En la Unidad Popular se pueden encontrar todas las virtudes del idealismo, de la voluntad enfervorizada, pero poca capacidad de cálculo estratégico, escasa racionalidad instrumental. Su discurso revolucionario es una retórica, el anuncio verborreico de proyectos y planes que no pueden materializarse, una acumulación delirante de palabras en el vacío.”

Cuesta no reconocer en diferentes cenáculos de nuestros países la fácil reproducción de este discurso. Sostiene Moulián a continuación:
“La Unidad Popular sucumbió asfixiada por el acoso externo, las divisiones intestinas, los círculos viciosos sin solución. No tenía los medios para hacer la revolución que había anunciado. Como la posibilidad de lo prometido se alejaba, compensó la distancia creciente entre la realidad y los deseos con declaraciones de fidelidad a sus utopías. Con ello, hizo cada vez menos posible la negociación que necesitaba”. (Moulián, 1997)
Obviamente, la negociación debía ser con la DC, y hubo muchas ocasiones para hacerlo: una temprana, preelectoral, que quizá hubiese sido la más difícil; la de las vísperas a la asunción, que se limitó a una simple firma de “garantías”; la posterior a la asunción, que se hubiese mostrado como generosa y plausible; la posterior al asesinato provocador del ex ministro DC Pérez Zújovic; etc. En definitiva, quien procura construir alianzas también crea las condiciones más apropiadas para su materialización.

Enseñanzas de la historia


Las referencias que hemos recorrido nos ayudan a dejar sentadas algunas premisas para los tiempos que corren.
Hasta el momento, nunca ha tenido lugar una revolución que se proclame desde un inicio como socialista. Quienes quieran ver en la Revolución Rusa un caso de estas características, se equivocan, porque el traspaso del poder a los Soviets, en octubre, es un momento que en realidad se inicia con la revolución de febrero contra el Zar y que, como vimos, después se transforma en una pugna entre dos poderes que se gestan sin que ninguno de los actores con incidencia política reclamara un carácter socialista de la revolución.
Ningún proceso revolucionario en nuestro continente, triunfante o no, se desarrolló en nombre de una revolución socialista. Ni siquiera se ha producido, en su nombre, un proceso de acumulación de fuerzas mínimamente significativo. Todos los procesos revolucionarios que tuvieron lugar en nuestra región fueron variantes nacionales, democráticas, antiimperialistas, aunque después, como fuera el caso de Cuba, se haya reclamado socialista. Y, todas las experiencias derrotadas pasaron por una fase en donde el grueso de los sectores medios fuera ganado por los objetivos contrarrevolucionarios.

Si esto es así, ¿tiene sentido insistir en la necesidad de programas socialistas o frente de trabajadores como una entidad autosuficiente para acumular fuerzas en la escena política? En consonancia con lo antedicho, ¿tiene algún sentido proclamar por anticipado la disposición de recurrir a las “leyes de la guerra” para asaltar el poder? ¿Tiene sentido proclamar una nueva forma de poder que no ha sido diseñada en el transcurrir por el movimiento de masas? Evidentemente no. Sin embargo, las variantes del pensamiento político que sostienen estas tesis siguen teniendo alguna incidencia en sectores que se reclaman de izquierda.
No cabe duda que, para aspirar a gravitar en el escena política, hay que recuperar y recrear una política de alianzas, como concepción del poder, que permita reagrupar a las mayorías frente a lo que alguna vez se llamara el enemigo principal, representado, hoy en día, por quienes controlan los grandes flujos del capital financiero a nivel mundial y sus respectivos incondicionales a nivel local. Es una lógica del frente único que espontáneamente esas mismas mayorías tienden a diseñar. Las mayorías optan por ésta cuando recurren al voto útil. Le dan la espalda a las corrientes de izquierda, cuando aparecen como soberbias impugnando a todos los que no comparten sus principios, y mucho más cuando las alternativas de derecha llegan a ser una opción real. De allí que las iniciativas de la izquierda hacia el centro del espectro político sean la piedra de toque para la construcción de alternativas. Esto no tiene porqué confundirse con la dilución. Resulta fundamental conservar la identidad y el espacio de crítica radical a la lógica capitalista. Pero no hay motivo para contraponerlo a la búsqueda de acuerdos en todos los terrenos que aíslen a la derecha. La vocación unitaria resulta siempre valorada positivamente por los que quieren avanzar. Crítica radical y propuesta constructiva y unitaria, deberían constituir la fórmula distintiva.
Es oportuno tener en cuenta que el centro izquierda, como un todo apelmazado, tiende hacia el centro. Distinto es que se constituya un frente de la izquierda con el centro. Los peligros de corrimiento no desaparecen pero, al menos, existe una identidad independiente que puede pensar la realidad desde un lugar que pretende ir más allá de una “buena administración”. Además, obviamente, para que sea posible, es necesario que la izquierda exista.
No se trata de apabullar con discursos grandilocuentes que remarquen las limitaciones de las políticas reformistas. Las mayorías intuyen esas limitaciones, aunque se les aparecen como insuperables por las condiciones del mundo actual.
En el siglo globalizado que comienza, la ilusión de producir un cambio profundo en un país aislado no tiene sentido. Esa es una de las razones que explica buena parte del descrédito de la política y de los políticos a escala planetaria. De todas maneras, las escenas políticas siguen siendo locales y las claves sólo pueden develarse en el presente y a nivel local, donde estamos insertos. Es allí donde deberían desarrollarse experiencias que puedan generar la fuerza suficiente para constituirse en redes, e ir construyendo nuevas instituciones que generen garantías frente al poder omnímodo del capital financiero. No es poca cosa, pero a favor contamos con las crecientes evidencias que el capitalismo no genera “un mundo que merezca ser vivido”.

Las apreciaciones que pueden hacerse sobre los procesos en curso en América Latina no pueden ser sino muy generales. A partir de nuestro análisis, queda claro que la clave de cada uno de ellos se sustenta en el modo de construir una política de alianzas que les permita mantener la iniciativa. También es posible advertir que la lógica al interior de cada país se complementa y articula con la que se debe desplegar a nivel regional. Sin duda que, después del plebiscito, Chávez se ha consolidado en Venezuela; pero es indudable también que no puede desenmarcarse de lo que ocurra en Brasil y el resto de la región. Tendrá que esforzarse para evitar que la provocación cierre los canales de comunicación con los sectores de la oposición que puedan sustraerse al golpismo. La debilidad del PT a nivel institucional, en minoría en el legislativo en el país más parlamentario de la región y con el gobierno de sólo 3 estados sobre 24, resulta ser un condicionante decisivo a la hora de ponderar la redefinición de políticas que pretenden no otorgar flancos a posibles “golpes de mercado”. El riesgo de un chantaje permanente de las fuerzas más retrógradas del espectro político le obliga a cuidarse de algunos aliados y, al mismo tiempo, de no aislarse, como ocurriera en algunos municipios. En este sentido, el Frente Amplio del Uruguay es la fuerza que quizás se encuentre mejor situada, aunque al mismo tiempo, en términos de escala, es quien más depende de la suerte de sus vecinos. Tampoco se debe desestimar la memoria de la burocracia estatal, por más de un siglo en manos de Blancos y Colorados. La apuesta de Kirchner de “plebiscitar su gobierno” en las elecciones de renovación parlamentaria, en octubre de 2005, puede otorgarle recursos en cuanto al perfil propio que hoy carece y retomar la convocatoria transversal que en su momento esbozara.
La lógica de construcción de la hegemonía, de configuración de un nuevo bloque histórico, de contribuir al aislamiento del principal adversario, nos sitúa en la temática sobre cómo puede concebirse en nuestro tiempo el tema del poder. Somos concientes que quedan temas pendientes que trascienden el espacio del que aquí disponemos, pero esperamos estar contribuyendo a un debate en esa dirección que renueve el ámbito de las ciencias sociales y las rescate del mero terreno administrativista de gestión del equilibrio al que se pretendió circunscribirlas.


Bibliografía:


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